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César Vallejo: Poeta inmortal


Ilustración de Junior Bonilla

Carlos Martín Cabrejos Fernández

Secretario Académico – USAT

Al recordar la partida de Vallejo ¿Qué puedo decir? tal vez, que las heridas del mundo perdieron a un intérprete; que los dolores propios y ajenos quedarán guardados en los corazones dolientes o que las quebradas profundas y los cielos abiertos no volverán a ser descritos de acuerdo a un estilo. Recordando al poeta, pienso que es necesario ver morir a la semilla para luego verla dar fruto; que los dolores se hacen gemido mientras vuela el alma libre del aedo a la morada descrita desde una tierra donde apenas se sintió peregrino, desgarrado por las contradicciones de su visión entrañable acerca de la realidad humana.

Vallejo fue un poeta admirable, por eso su vida significa trascendencia y su muerte no quiere decir nada. Su mirada extasiada en los recuerdos, en las estrechas y rurales calles, en el charco, en el cielo limpio y celeste de su tierra natal; su visión del sufrimiento, su posición política, su pedagogía, el amor de Georgette, su raza, los dados eternos… aquel Dios al que clamaba: “Dios mío, si tú hubieras sido hombre, hoy supieras ser Dios;
pero tú, que estuviste siempre bien, no sientes nada de tu creación… Y el hombre sí te sufre: el Dios es él”.
Mezcló su visión surrealista al espacio real, fundiendo en un estilo la letra de su humilde pluma a la altura de los caminos limpios del profeta. Diría Pablo Neruda, en letra que aplico al maestro: “Yo poeta, popular, provinciano, pajarero, fui por el mundo buscando la vida… aunque nadie me pagó por eso, recibí aquellas alas en el alma y la inmovilidad no me detuvo… Todos vamos pasando y el tiempo pasa con nosotros, pasa el mar, se despide la rosa, pasa la tierra por la sombra y por la luz, y ustedes y nosotros pasamos, pasajeros”.

Cuando muere un poeta, se muere y punto. Vuela su alma pero queda su obra. Entonces, el mundo cerrado, que se comunica solo con la voz de su altivez, se abre. La tierra diminuta que no concibe los milagros de las voces creadoras, crece. Los panes y los peces de los hombres, que esperan reposando en una cesta, se multiplican y alcanza su grandeza sobrenatural para todo el género expectante. Se abre, crece y se multiplica la obra de César Vallejo que mora eternamente en un nivel al que es imposible acceder hasta que muere la semilla.

Cuando muere el poeta importa más el dolor de los que quedan con un vacío imposible de llenar, con una ausencia fundamental.
Se da paso al silencio, a las miradas profundas, a los sonidos del alma. A los ecos de sus letras vivientes en “Los heraldos negros”, “Trilce”, “Poemas humanos”, “España aparta de mi este cáliz”

En “Lo que ignoran los suicidas”, el poeta “cosmonsefuano” Alfredo José Delgado Bravo, decía: “De tal manera está hecha la vida/ que una brizna de luz puede matarla/ y la más leve presión encadenarla/ y un aroma dejarla mal herida/ agónica y fatal, desde nacida/ Puede un dolor, no obstante, modelarla/ conferirle belleza en un acto y parla/ toda muerte dejando trascendida/más nadie llega a tal aventuranza/si antes no la ha perdido paso a paso/junto con el amor y la esperanza/porque la vida suele, de rechazo/unir lo fugitivo de la danza con lenta agonía del ocaso”

Se abren hoy los labios al lenguaje del recuerdo, “a la hora el trigo, a la hora del llanto, a la hora del hambre” pues hay recuerdos que no necesitan ser llamados… ¡siempre están ahí! y muestran su rostro sin descanso. Es el rostro de los amados, de los cercanos, de los queridos; el del hombre sin nombre (“Comprendiendo que él sabe que le quiero,
que le odio con afecto y me es, en suma, indiferente…”) el rostro meditabundo que de ti guardo en mi memoria, Vallejo.
No estás muerto, Vallejo, porque volverás cada día con otros nombres en el corazón de cada poeta, porque eres el poeta que camina sonriente tras la luz de su destino, el poeta de las almas, el poeta de las vidas, el poeta que no muere.

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