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¿Por qué a los peruanos nos cuesta tanto acatar la cuarentena?

Por:  Armando Mera Rodas
Profesor de Filosofía USAT

 

Hace aproximadamente un mes llegó a nuestro país la pandemia del coronavirus (COVID-19) y nuestras autoridades, -de modo acertado-, tomaron la decisión del aislamiento nacional para prevenir la propagación del virus, el mismo que necesita de nuestros cuerpos para mudarse y trasladarse de un lugar a otro. Por lo que hemos visto este aislamiento se ha ido radicalizando día a día hasta llegarse a declarar inamovilidad nacional en horas determinadas.

Pero, lo que nos llama la atención, -pese a los contagios y muertes evidentes a causa del virus-, es la actitud irresponsable de parte de la población para con las medidas restrictivas. Desde el pasado quince de marzo, -día que se declarara la cuarentena-, a cada momento los medios de comunicación no han dejado de reportar imágenes de gente que inconscientemente transita con normalidad por las diversas ciudades del Perú. Así lo demuestran las miles de personas detenidas, los contagios y las muertes, -que por desgracia-, cada día van en aumento.

¿Qué nos está pasando? ¿Por qué dicha actitud de evadir el mandato legal, el sentido común, y el bien comunitario? ¿Es que nos importa muy poco lo que ocurra o deje de ocurrir en nuestro país y en el mundo entero? ¿Acaso podemos afirmar con contundencia que nuestros familiares están sanos y nada les sucederá? ¿A qué se debe tanta indiferencia y falta de sensatez?

Seguramente existe una pluralidad de razones que expliquen estas actitudes poco humanitarias y antisociales. Nos centraremos en cinco de ellas:

En primer lugar consideramos que muchas de estas personas dan un mal uso a su libertad, tal vez debido a una incorrecta o más bien reducida comprensión de la misma. Si la entendemos únicamente como la capacidad de hacer lo que queremos, la consecuencia lógica de esta perspectiva será que todo lo que desde el exterior se nos imponga equivaldrá a un atentado en su contra.  Pero por otro lado, si la concebimos como la capacidad personal de elegir, decidir y hacer el bien común, la restricción ya no se nos presentará como tal, sino como una medida coherente con ella. La lectura sería distinta: no se me impone quedarme en casa, elijo quedarme en casa. Salir de casa o quedarme en ella, -como vemos-, constituye radicalmente siempre un acto de libertad.

Por ser la libertad una capacidad solamente visible en su ejercicio, al no hacerla, -o comprometerla- nos convertimos en incapaces. Este es el problema que aqueja a muchas personas hoy, se les tiene que obligar desde afuera mediante la ley y su potencia coaccionadora. Esta lógica demuestra que nos estamos volviendo incapaces de autodeterminarnos y apuntar al bien que nuestra naturaleza exige. Cabe preguntarse hasta qué punto queremos seguir siendo esquivos al bien y la libertad.

En segundo lugar, es evidente que las  personas que no cumplen con la cuarentena actúan irresponsablemente. Toda libertad exige responsabilidad, pues no existe auténtica libertad donde no hay responsabilidad y viceversa. También aquí, observamos, existe una falencia en el conocimiento de cuál es el sentido de la responsabilidad. Con frecuencia se la asocia a cumplimiento, puntualidad, laboriosidad, e incluso obediencia, y por desgracia en esta asociación se la termina confundiendo.

La responsabilidad constituye otra capacidad estrictamente humana que nos permite, primero y ante todo, deliberar detenidamente antes de realizar una acción para así, y más tarde, responder por las consecuencias internas, externas y trascendentes de la misma. Llevemos esto a su expresión práctica: antes de salir de casa debo deliberar: ¿qué pasa si soy un paciente asintomático y contagio a otras personas?, ¿qué ocurriría si, yo que estoy sano, me contagio y transporto a casa y a mis familiares el virus?, ¿estamos preparados en el hogar para afrontar a un paciente con coronavirus?, ¿es imprescindible que salga? y si por necesidad debo hacerlo ¿tomo las precauciones recomendadas? Vemos un largo etcétera porque a fin de cuentas la responsabilidad es eso: la respuesta a cada una de las posibilidades. Y si al final tomé la decisión de salir de casa, -aun cuando fue innecesario-, y me contagié o contagié, tengo que responder por las consecuencias de ello: padecer el dolor y sufrimiento, si se quiere estoicamente, no exigir un trato hospitalario preferencial, saber que el fallecimiento en el anonimato es una posibilidad que toma fuerza, ser el causante de una o varias muertes, etc.

¿Por qué exponernos si hasta ahora, -también hay que reconocerlo-, gran parte de la población lo ha estado haciendo bien? ¿Por qué constituirnos innecesariamente en causa de malestar, sufrimiento o muerte? ¿Qué otras cosas tienen que ocurrir para que entendamos la importancia de permanecer en casa? Hans Jonas[1] al referirse al principio de responsabilidad personal y social manifiesta:  “obra de tal manera que los efectos de tu acción no sean destructivos ni para la vida humana presente ni la futura”.

En tercer lugar, consideramos que a muchas personas les cuesta por su actitud  egocéntrica, solitaria y vacía. Desde hace tiempo se ha venido gestando una cultura consumista y con ello el eclipsamiento de la dimensión social y espiritual del ser humano. Guzmán Valdivia, crítico de la cultura contemporánea asegura: “Hemos avanzado en el tener y retrocedido en el ser; hemos mejorado nuestra vida material y empobrecido lo espiritual; hemos engordado el cuerpo y enflaquecido el alma. Nos hemos enriquecido, deshumanizándonos”[2]. Esto nos indica algo que de buenas a primeras se ha convertido en el gran dogma de la sociedad consumista: que interesa más el tener que el ser y el trascender humano. En esta lógica, se justifica la mentira, el aprovechamiento, el atropellamiento, la corrupción y la “viveza”, esa viveza que mención aparte, a veces celebramos y a veces condenamos.

El papa Francisco, en su exhortación apostólica Evangelii Gaudium, señala, y con razón, que se ha globalizado la indiferencia. Él propone como antídoto la globalización de la fraternidad. Por ello, consideramos que la situación por la que viene atravesando el mundo y de modo especial el Perú, constituye una invalorable oportunidad para la práctica de la solidaridad, la caridad y la fraternidad en el sentido más primigenio posible. Especialmente con las personas más vulnerables. Un gran acto de amor y fraternidad constituye: QUEDARNOS EN CASA. Desde allí, los ciudadanos podemos fortalecer el trabajo de esos héroes anónimos: personal sanitario, personal policial y de las fuerzas armadas, personal de servicio y limpieza, entre tantos otros, que arriesgan a cada momento su vida por amor a los demás.

Una cuarta razón que  empuja a la gente a violentar la restricción de no salir de casa, constituye a nuestro parecer, la deformación de la conciencia moral. Una conciencia moral sana y recta, advierte de manera universal y a todo hombre sin excepción el mandato de hacer el bien y evita el mal”. Sin embargo, esta voz interior que guía a la persona desde niño hacia el bien, hoy se encuentra un tanto silenciada a consecuencia de la sordera y el bullicio personal ante su grito; haciendo que para mucha gente, dé lo mismo actuar bien o mal, porque ya no se experimenta el remordimiento.

Finalmente esgrimimos una última razón, esta tiene que ver con la falta de praxis de una virtud concreta: la obediencia. No hemos construido hasta hoy, -como de hecho sí ocurre en otros países desarrollados-, una cultura de obediencia a la ley.  La obediencia es la virtud que nos capacita para acatar la voluntad, no del mandatario de turno (ello sería en términos aristotélicos el advenimiento de la tiranía), sino la voluntad del común de los ciudadanos cuyo interés se refleja con justicia en la norma. Muchos países latinoamericanos, -aunque tarde-, estamos aprendiendo que la obediencia a la ley constituye un arma poderosa para enfrentar esta pandemia.

Concluyo con el siguiente mensaje: seamos libres para elegir y decidir permanecer en casa. Seamos responsables deliberando que el mejor antídoto a este mal invisible es, nuevamente, permanecer en casa. Seamos solidarios, y desde nuestros hogares, reinventemos estrategias vinculantes de apoyo. Pero sobre todo, y ante todo, aprendamos a obedecer la voz de nuestra conciencia y de nuestras autoridades. Quedémonos en casa.[1] Hans Jonas : El Principio de Responsabilidad: Ensayo de una ética para la civilización tecnológica. Editorial Herder. Barcelona. 1995.

[2] Citado por Marías, Julián, Tratado de lo Mejor, la Moral y las formas de la vida, Alianza Editorial, 1995.

 

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