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Nostalgia de la profundidad: Un libro sobre arquitectura y condición humana


Víctor Hugo Palacios Cruz
Escritor, filósofo y profesor de la USAT

La editorial andaluza Recolectores Urbanos acaba de publicar Contra suelo. Argumentos y arquitectura bajo la cota cero, de Iván Guerrero Ramírez, arquitecto y profesor de la Escuela de Arquitectura de la Universidad Católica Santo Toribio de Mogrovejo (Chiclayo, Perú). Un libro que recoge los hallazgos de una tesis de maestría originalmente titulada “Doñana bajo la cota cero”, premiada por la propia editorial y por el Máster en ciudad y arquitectura sostenible de la Universidad de Sevilla (España).

Sobre sus páginas, acompañan al pensamiento una serie de ilustraciones sugerentes y variadas, incluidos numerosos dibujos del autor en los que el trazo artístico resulta inherente a la funcionalidad. La obra entera realiza una inusual alianza entre la exposición técnica y la mirada amplia, enriquecida tanto por la filosofía y la literatura cuanto por una pulsión humanista y social. Es, sin duda, un trabajo útil entre las manos del experto y, a la vez, un ensayo que toca el corazón con que todos sentimos el mundo que nos ha sido dado.

Pasar una y otra vez entre los edificios puede cubrirlos con el manto de la costumbre que oculta la presencia. La arquitectura no es una reunión de muros y cubiertas. Con sus demarcaciones, la arquitectura no encierra sino que asienta, da forma y proyecta. Recoge la rutina que el tiempo afianza, así como encauza la vida imprevisible. Su necesaria raíz multidisciplinaria le permite modular no una resistencia frente a la exterioridad, sino más bien una actitud ante el paisaje, ante el cambio de las estaciones, la cultura local y las derivaciones consuetudinarias de cualquier desempeño de un humano entre humanos. Aun la casa más modesta inculca una cierta relación con la comunidad y el universo.

Es interesante cómo Iván Guerrero plantea una exploración del espacio bajo tierra –que evoca la cueva de nuestros ancestros, principio de todo habitáculo posterior– no como la ansiedad de un escondite, sino como un debate sobre la marcha del urbanismo contemporáneo que ha llegado a la proliferación de estructuras de departamentos, barrios exclusivos y centros comerciales como series de recintos abastecidos y autosuficientes para los que es superflua la salida y perturbadora la sorpresa. En el racionalismo de Descartes, la eficacia de la mente dotada de ideas innatas y sujeta al método, debe llevar a la perfecta coincidencia con sus pares. Asegurada la eficacia de su introversión, la mente no necesita exponerse a las eventualidades de la discrepancia ni a la indocilidad de la intemperie.

Sobreviviente de la feroz Peste Negra de fines de la Edad Media, en que el humano se vio ridículo y vulnerable ante los desconocidos poderes de la naturaleza, la modernidad naciente proyectó una civilización que, con la ayuda de la máquina y la ciencia, tuviera a raya a los fenómenos y, además, los imitara y transformara con un ímpetu creciente que va desde la preferencia de Da Vinci por la pintura, capaz de fijar lo que irremediablemente perece –en lugar de la desdichada música que se desvanece apenas suena– hasta el Manifiesto futurista de 1909 en que Marinetti proclama un arte nuevo hecho de virilidad y agresión contra la naturaleza.

De ahí la significativa elección que hace este libro del Palacio de Cristal, abierto con ocasión de la Exposición Internacional de Londres de 1851, y construido por Joseph Paxton, como una imagen que materializa el orgullo industrial y anuncia la sustitución de la polis de los antiguos por el mercado de los modernos. Más de quinientos metros de longitud, bajo un techado curvo y transparente, que permitían el desplazamiento despreocupado a salvo de la delincuencia de la calle y las inclemencias de la atmosfera, pero también a salvo del enojoso espectáculo de la injusticia laboral y de los sucios engranajes de la producción.

Una esfera de brillos que atraen y reflejos que multiplican, a lo largo de galerías detrás de cuyos cristales se exhiben las mercancías en un decorado de resplandeciente opulencia, verdadera escenificación de la imposibilidad perpetua que es la sociedad de consumo. Si el imparable proceso fabril engendra objetos sin cesar, conviene procurar, gracias a los más astutos medios de persuasión, la caducidad de los productos, la obsolescencia programada, el desapego de las cosas. Diría Byung-Chul Han, desprestigiar la duración y la espera, y alentar la desmemoria de los rastros, la pérdida de identidad. Tras el artículo que se compra hay otro vidrio que nos separa de un artículo mejor, y tras éste otro vidrio, y otro y otro. ¿Acaso no llevamos en el bolsillo un trocito de cristal de aquel palacio que ha conservado y aun avivado el reflejo de una totalidad inagotable, mudable e intangible?

Años después del Crystal Palace, Fernando Pessoa escribió: “entre yo y la vida hay un vidrio tenue. Por más nítidamente que yo vea y comprenda la vida, no puedo tocarla”. En 1926 Marcel Duchamp terminó su obra El Gran Vidrio o la novia desnudada por sus solteros en que, utilizando piezas tomadas del uso cotidiano, representó en un panel superior a una mujer sujetando con hilos a un conjunto de varones situados en un panel inferior, separados del objeto de su codicia por una barrera inatravesable.

Dos décadas antes de la Exposición de Londres, Alexis de Tocqueville visitó varias ciudades de Norteamérica y observó que cada individuo es “extraño al destino de sus conciudadanos, están a su lado pero no los ve; los toca, pero no los siente; no existe más que en sí mismo y para sí mismo. Paseo mi mirada sobre esa multitud innumerable de seres parecidos y el espectáculo de la uniformidad y la mediocridad universal me entristece y paraliza”. Hace poco Tzvetan Todorov se preguntaba: “si todos los deseos son parecidos, ¿podemos seguir creyendo que son libres?”

Leyendo a Iván Guerrero uno ve en la vivienda inteligente la consumación de la privacidad impermeable dispuesta a sustituir pasado y futuro con la instantaneidad, y cualquier lejanía con la falsa inmediatez de lo virtual. En suma, la culminación de la ruptura de la comunidad en favor de la inmunidad, la existencia replegada y sumida en un hábitat bajo estricto control. Consideremos que “privado” significa carente, desposeído, es decir un reducto que se recorta y sustrae al ámbito primigenio de lo público. El lugar natural de la condición humana, en efecto, no es la individualidad delineada y retraída de la abstracción liberal, sino el encuentro y la interrelación. Por las arterias de cada uno de nuestros cuerpos discurren multitudes. “El hombre más honesto es el hombre mezclado”, decía Michel de Montaigne.

Martin Heidegger llama a la verdad aleteheia, en griego “des-ocultación”. Entender es desvelar, traspasar la superficie, profundizar, excavar. En un movimiento similar, Iván Guerrero propone entrar bajo la cota cero para buscar “nuevas formas de relación con la gravedad”, fuerza cósmica que recuerda la pertenencia, el vínculo. Tendencia hacia el centro únicamente desde el cual es sostenible la partida. Contra suelo aspira a alumbrar el sustrato inexorablemente terrestre de nuestro estar-en-el-mundo. No contraponer pero sí otorgar a la melodía aérea y volátil de la flauta, el arraigo de lo táctil, el cimiento del ritmo, el tañido de un tambor, ese envoltorio de un interior que repite el latido de un origen, la música olvidada del corazón de mamá.

Ideas como las de Iván Guerrero estimulan, pero también ayudan a combatir la soledad. Le dan a la vida diaria en el campus universitario la confianza en la palabra, la solidaridad en las ilusiones. Nos encontramos no ante un especialista enclaustrado en sus maquetas, sino ante un humanista establecido en la arquitectura. En una arquitectura donde, esta tarde, hemos sido recibidos. Muchas gracias por ello.

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