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Articulos Opinión

¡Cristo ha resucitado!

Por: Maria Campatelli
Directora Centro Aletti, Pascua 2021

Mientras resuena este grito pascual, inevitablemente, brota una duda en nuestro corazón: ¿qué cosa quiere decir celebrar la Pascua cuando la tragedia, la miseria, la muerte, el miedo, parecen ser la única certeza absoluta de nuestra vida terrena?

El hombre tiene el poder de alejarse de la vida, de rechazar la vida verdadera, y, por eso, de morir. La muerte es la última consecuencia del hecho que nos hemos alejado del Dios de la vida. Es esta muerte espiritual la que hace que todas nuestras muertes, incluida la muerte física, sean una verdadera muerte. Es el último fruto de una vida llena de muerte.

Pero Dios no quiere dejar al hombre en esta muerte. Entonces, manda su Hijo que prueba toda la experiencia de la muerte del hombre, toda la profundidad del sufrimiento del hombre, incluida la muerte física.

Dios es el Dios de la vida, la muerte es el extremo opuesto, el alejamiento más grande de Dios. El Hijo de Dios va hasta la muerte, pero no va porque se haya separado de Dios, sino porque está en comunión con Él, por amor a Él y por amor a los hombres; entonces en esta muerte ya no hay muerte, en el fondo de la tumba sucede una transformación: aquella muerte ha destruido la muerte. La misma muerte ha sido transformada y se ha convertido en el corredor, el sendero, la Pascua, a la vita nueva de la nueva creación. La muerte biológica y todas las muertes que la preceden ahora son senderos, Pascuas hacia la resurrección, porque la muerte espiritual, es decir, ese vivir alejados de Dios —vivir alejados de la comunión, en el egoísmo, en la afirmación que separa y que divide—, esta muerte espiritual, que engloba todas las muertes y de la cual las muertes son un símbolo, una consecuencia, ha sido abolida.

En Cristo la muerte ha sido destruida desde dentro, como dice Pablo: “ha perdido su aguijón” (1 Corintios 15, 55), se ha convertido en el ingreso, en el camino, en una sobreabundancia de vida. El ingreso en esta vida, para cada uno de nosotros, ha comenzado el día de nuestra muerte bautismal, que hace morir a cuantos han muerto —dice San Pablo: “todos ustedes están muertos” (Ef. 2,5)— pero que también hace vivir a cuantos han muerto, porque, como dice siempre él: “ya no hay más muerte” (1 Cor. 15,54).

Ciertamente, después de la Pascua continuamos sufriendo, continuamos muriendo, pero en un modo diverso, porque ahora nuestra vida es como una especie de gran Sábado Santo; todavía nuestras heridas no han sido cicatrizadas. Pero la oscuridad de la noche, no es más la impenetrabilidad de la oscura noche, ya se ve la luz del alba, ya se sienten los primeros gemidos de la resurrección. En esta situación, cuando nuestra vida es como un gran Sábado Santo, y nuestra historia es como un gran Sábado Santo, dos cosas son centrales: la capacidad de esperar el cumplimiento de lo que ya se siente como primicia, y tener unos ojos capaces de ver estas primicias, capaces de ver los primeros signos de la resurrección.

En esta Pascua les deseamos esta capacidad: acoger el don de la espera, acoger el don de ojos capaces de ver los signos de la resurrección. Y nos agradecemos los unos a los otros, por cada mirada, por cada gesto de amistad, por apartarse para hacer espacio al otro, para darle precedencia al otro, que son los signos, las primicias de una resurrección que ya actúa entre nosotros.

¡Cristo ha resucitado!

(Maria Campatelli, Directora Centro Aletti, Pascua 2021)

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