Memorias de un Octogenario

Por: Dr. Pelayo Ariel Labrada

Ex magistrado y catedrático argentino

 

Dichosos de nosotros, a quienes nos ha tocado en suerte vivir esta época donde el servicio de justicia está haciendo la más profunda transformación de toda su historia.

Y ¡qué hermosa aventura la de afrontar cada una de las dificultades de estos cambios! Hay quienes se encierran en el pasado para soportar la tormenta, pero también estamos los que deseamos aprovechar los nuevos vientos para multiplicar lo que podemos brindar a los justiciables, a nuestro país y al mundo.

Ninguno de nosotros se ha propuesto hacer una revolución en el servicio de justicia, pero estamos involucrados en ella, sin poder elegir entre ser protagonistas o espectadores porque, inevitablemente, somos ambas cosas a la vez.

¡Qué lejos han quedado aquellos juzgados donde la única tecnología era la máquina de escribir y el teléfono! Y ¡qué poco tiempo ha pasado!… ¿quizá veinte años?

Ahora tenemos a nuestra disposición las computadoras, con programas que nos permiten escribir señalándonos instantáneamente los errores ortográficos y de sintaxis. A través de Internet podemos consultar velozmente las leyes, decretos y jurisprudencia en bases de datos; utilizar el correo electrónico para comunicaciones entre jueces o con organismos oficiales y notificaciones procesales. También es posible filmar las audiencias, hacer procesos por videoconferencia y llegar al expediente electrónico, con el que despediremos al heroico papel.

La resistencia que tuvimos que soportar

La informática tardó en entrar al ámbito de la justicia. Tuvo que recorrer un largo camino para que se le abrieran las puertas de nuestro mundillo. Nació en el campo militar con la famosa ENIAC en el año 1947; luego pasó a la astronáutica, a las finanzas, después a la medicina, a los supermercados y, al final, cuando ya era imposible seguir resistiendo, algunos pioneros la hicimos ingresar al servicio de justicia a principios de la década del noventa, en medio de un ambiente tradicionalmente refractario a las innovaciones.

Hoy, cuando todos los organismos judiciales tienen una PC por cada puesto de trabajo (o aspiran a tenerla), resulta increíble para las nuevas generaciones que alguien rechazara o se negara a utilizar esas novedades. Sin embargo, fue así.

Se llegó a decir que la pantalla de la PC producía cáncer en la vista (1).

La anécdota más ilustrativa, la he recogido en el Juzgado Civil y Comercial Nº 2 de Trenque Lauquen (500 km. al oeste de la ciudad de Buenos Aires).

En 1990, cuando, por iniciativa y peculio del juez Toribio Sosa se instalaron las primeras computadoras en ese organismo, el oficial mayor -ermpleado veterano muy eficiente- manifestó su desagrado diciendo que nunca iba a operar en ellas. El juez le preguntó las razones, y dijo: Por tres cosas. Primero, porque es un invento yanqui y yo no simpatizo con ellos. Segundo, porque crean adicción; y tercero, porque trabajo más rápido con mi máquina de escribir.

El juez le replicó: La máquina Remington en que trabajas, es de origen norteamericano; adicción también es venir al trabajo en auto todos los días, viviendo a solo seis cuadras. Y en lo que respecta a la celeridad, lo desafió a hacer un trabajo a la par, usando el magistrado la PC.

Se realizó la competencia con el resultado imaginable, pero el hombre no se dio por convencido. Solo dos años después, al ver la facilidad con que trabajaba un nuevo y joven empleado, se decidió a usar el aparato.

Pero la resistencia no solo surgió de los empleados. En muchos lugares los integrantes de organismos superiores miraron con desconfianza esas innovaciones que perturbaban sus esquemas mentales.

En 1992 compré mi primera PC y la puse en el juzgado para uso de todos los que quisieran iniciarse en ello. Yo esperaba una felicitación por parte de la Cámara de Apelaciones de Pergamino pero, muy por el contrario, a raíz de un problema colateral me denunció a la Suprema Corte de Justicia de la Provincia de Buenos Aires por “falta grave”.

Estos no fueron casos aislados ni únicos, sino similares a muchos otros que se fueron produciendo en todo lugar donde apareciera un pionero.

En mi situación particular, lo que correspondía después de aquella acusación, era que el organismo superior iniciara un sumario, cosa que nunca hizo (en el lenguaje burocrático “lo cajoneó”), quizá para no tener que pronunciarse en un tema urticante. Si lo rechazaban hacían quedar a los camaristas como retrógrados y si les daban la razón sentarían un precedente contra los avances. Aquella bondadosa pasividad no evitó el amargo sabor que me duró unos cuantos meses…

Pero, siete años después (1999), el presidente de esa corte me otorgó una medalla por los avances que había logrado en mi juzgado. Me sentí reivindicado…con usura.

Una Confesión

Cuando tenía quince años (1944), soñaba con cambiar el mundo. Pensaba que podía lograr que fuera realidad aquello de “amaos los unos a los otros” y, todos juntos, formaríamos una humanidad esplendorosa, positiva, solidaria.

Al cumplir los treinta (1959), me di cuenta de que era una tarea ciclópea, lejos de mi alcance, pero pensé que –sin embargo- podía transformar a mi país. Los argentinos no somos demasiados (cuarenta millones), tenemos un extenso territorio, muchos suelos fértiles, producimos alimentos para quinientos millones de habitantes…

Cuando llegué a los cincuenta (1979) ya estaba desalentado. No había indicios de que se pudiera alcanzar en el tiempo que durase mi existencia.

Poco después (1984) se me brindó la oportunidad de ingresar al Poder Judicial y, cuando estuve al frente de un juzgado, renové esperanzas. Me di cuenta de que allí podía satisfacer mi ansiedad, dedicándome a mejorar ese organismo mediante el trabajo entusiasta, armónico, optimista, de las diez personas que lo integrábamos. Poco a poco, mis compañeros de trabajo se fueron contagiando, y brindamos un buen servicio.

Me di cuenta de que es posible contribuir al mejoramiento del mundo. Consiste en empezar por uno mismo y el grupo que lo rodea. Si logramos algo positivo, es probable que otros sientan la tentación de hacer igual cosa, y así se irán sumando en algo que –en algún momento- se puede convertir en multiplicación.

A poco de andar, descubrí que no era el único que estaba recorriendo ese camino, y me sentí hermanado con Toribio Enrique Sosa de Trenque Lauquen; Cecilia Federico de Buenos Aires, María Angélica Bernard de Necochea y Juan Lagomarsino de Bariloche. Era muy lindo transitar en compañía. Además, a medida que avanzábamos, nos íbamos encontrando con otro, y otro, y otro… Pedro Aldea Suyo, Edgardo Torres, Miguel Ángel Falla Rosado y Javier Ballón Sarmiento de Perú; José Eduardo Chaves Jr. y Fernando Cerqueira de Brasil; Lupita Chaves Cervantes y Luis Paulino Mora Mora de Costa Rica, Noé Riande Juárez de México; Rosa Gómez Álvarez de España, a tal punto que resulta difícil hacer una lista más o menos completa porque nunca termina de crecer.

Y también debemos recordar a los numerosos colegas con los que nos sentimos hermanados en los congresos de REDLAJ y CEJURA; en los veintiún encuentros para una justicia más eficiente, realizados en la Argentina y otros que surgen constantemente, como este Seminario de Chiclayo.

Ahora, he llegado a la convicción de que entre todos esos amigos y las organizaciones mencionadas podemos aportar algo más que un granito de arena para el mejoramiento de la justicia, paso imprescindible para llegar a una humanidad esplendorosa, positiva y solidaria como la soñaba cuando tenía quince años.

Rosario, Argentina, abril de 2010.

 

[1] Aunque parezca mentira, esto salió publicado en un importante diario, cuyo recorte lamenteblemante no lo he conservado.

Encuéntranos en Facebook
Visitas de colegios
Video institucional
Enlaces de interés
universia