Los desafíos de la Universidad

Por: Dr. Elky Segura Gonzáles
Director del Departamento de Filosofía y Teología

La misión fundamental de la Universidad es la constante búsqueda de la verdad mediante la investigación, la conservación y la comunicación del saber para el bien de la sociedad. Este propósito originario se ha mantenido a lo largo de los siglos; sin embargo, en la actualidad han aparecido algunos síntomas de empobrecimiento sobre su esencia y misión. El primero consiste en la asimilación o identificación fáctica de las universidades con escuelas superiores de formación profesional; el segundo hace referencia a la desintegración de las universidades en conglomerados de Facultades aisladas en sí mismas, sin más vinculación entre ellas que la meramente administrativa.
El primer problema puede llevar a la Universidad a transformarse en un centro de formación profesional dispensador de conocimientos, técnicas y competencias orientadas exclusivamente hacia el futuro empleo, dedicado a cubrir las demandas del mercado laboral mientras descuida otros aspectos que también son muy importantes para la formación de la persona humana. Esta visión reduccionista se ha generalizado particularmente en Europa tras haber adoptado el modelo neoliberal para la implantación y construcción del Espacio Europeo de Educación Superior, y que ha hecho eco en América Latina con el proyecto Tuning (2007). Si bien es cierto, muchas universidades están siguiendo este nuevo modelo, también es justo afirmar que existen numerosos académicos que han expresado su disconformidad. Al respecto, son notables los estudios realizados por Harris (2007), Escudero Muñoz (2009), Rioja (2007), entre otros.
Sobre el segundo problema que afecta directamente a la unidad de la institución universitaria cabe decir que la fragmentación y disgregación del saber no tiene como causa única la especialización, sino que se debe, de modo particular, a un concepto de racionalidad heredado de la modernidad que no facilita realizar la síntesis de los saberes. En el trasfondo de la racionalidad moderna subyace la autolimitación que la razón se ha impuesto: Si el único criterio de verificación científica es la experimentación empírica entonces quedan fuera del discurso científico todos los saberes de carácter humanístico que dan unidad al saber.
Es cierto que el discurrir de la historia no tiene marcha atrás; sin embargo, el hombre que busca la verdad no se complace y detiene en los avatares de la historia. El investigador innova, crea nuevos modos de afrontar su realidad. Al respecto, podemos decir que la institución universitaria jamás debería perder su vocación particular de construir una universitas en la que las diversas disciplinas, cada una a su modo, se vean como parte de un unum más grande. Para ello es necesario redescubrir la unidad del saber, esforzándose por reconciliar el impulso a la especialización con la necesaria visión de conjunto, y resistiendo la tendencia a la fragmentación y a la falta de comunicación entre los lenguajes científicos.
De aquí nace una pregunta: ¿qué criterios debe tener en cuenta la Universidad para no perder su misión y recuperar su unidad y universalidad?
La respuesta surge de la propia experiencia humana: En el mundo académico se percibe que las disciplinas tienden naturalmente a la especialización, mientras que la persona humana busca unidad y síntesis. El “yo personal” para mantenerse en la existencia reclama para sí unidad y unicidad en el ser, alejándose de todo aquello que lo lleva a la muerte y corrupción, representadas por situaciones de fragmentación y dispersión de su ser. Por esta razón el motivo antropológico se convierte en el criterio fundamental: La Universidad que es comunidad de académicos y estudiantes – personas a fin de cuentas – cumplirá su misión si pone en el centro de su actuación el bien de “toda la persona”.
Cuando se pone en el centro a la persona y se tiene en cuenta la necesidad que experimenta todo ser humano de llegar a la fundamentación de síntesis, se da la debida importancia a que la investigación científica y todas las actividades de la Universidad se abran al interrogante del sentido último de la existencia, superando la tentación de un auto-confinamiento del saber, porque mientras que la investigación y los paradigmas modernos tienden al conocimiento y la técnica, la persona humana concreta necesita también la sabiduría, es decir, necesita la ciencia que se manifiesta en el saber vivir.
Por tanto, la Universidad debería tener como objetivo conservar la fisonomía de un centro de estudios “a medida de la persona humana”. La Universidad del siglo XXI debe estar comprometida por crear un humanismo integral. En su búsqueda de la verdad, ella debe superar el antropocentrismo cerrado que ha caracterizado a la modernidad y volver a reconocer la verdad plena del ser humano, que comprende todas sus dimensiones, sobre todo su vocación trascendente.

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