Las Humanidades en la Universidad

Por: Dr. Elky Segura González
Director del Departamento de Filosofía y Teología

Hoy es común admitir que una de las finalidades básicas del desarrollo intelectual es el sentido crítico. La formación integral ha de orientarse a que las personas sean capaces de juzgar y discernir con criterios racionalmente fundados. El sentido crítico puede definirse, según Ibáñez-Martín (1989) como: «la expresión madura de la cualidad humana de ser principio de las propias acciones, la actitud de no diluirse en la masa y de cultivar el propio ser personal único e irrepetible».

Ahora bien, hay saberes que contribuyen de una manera especial a la formación del sentido crítico: son aquellos que llamamos humanísticos. La importancia de estos saberes radica en que están referidos a lo más humano del hombre. Respecto de esto último quisiera expresar algunas consideraciones.

Todo lo que la persona humana realiza tiene que ver con ella misma; también la técnica tiene como finalidad hacer de nuestro entorno natural un mundo más habitable y a la medida del ser humano. Pero aquello sobre lo que versan las Humanidades es, justamente, “lo más humano del hombre”: su dimensión personal y social, su estructura racional y moral, su historia, su lenguaje, su psicología, su espíritu crítico y reflexivo, etc.

Sabemos por experiencia que las realidades más “preciosas” son aquellas que están privadas de utilidad; v.gr., las obras artísticas de Leonardo da Vinci, las piezas musicales de Mozart, la historia hecha por nuestros héroes, las ideas y obras de los grandes filósofos y literatos, un recuerdo de familia, una vida religiosa ejemplar, etc. De realidades de esta índole decimos que “no tienen precio”. La razón de ello estriba en que lo más humano del hombre siempre estará en relación con los fines de su existencia, mientras que la utilidad posee el valor propio de los medios. El sentido común nos lleva a pensar que la importancia de los medios – de los “útiles” – reside en su mayor servir a los fines. Al respecto, J.M. Barrio (2004), afirma: «Cada técnica, donde se da específicamente la cualidad de lo útil, está preñada del valor que su servir a uno u otro fin le suministra. Pero si, en vez de hacer posible el fin, éste queda por ella suplantado o soslayado, entonces pierde enteramente su razón de ser y, por ello mismo, su eficacia, pudiéndose dar así la paradoja de que, lejos de contribuir a la humanización del hombre y de su entorno natural, favorezca la ruina de ambos».

Ahora bien, la justa exigencia de una buena tecnología es tener siempre presente la relatividad del medio respecto al fin: la técnica está al servicio del ser humano y no al revés. Tal exigencia debe ir acompañada de una honda reflexión teórica sobre lo que es la persona humana. Y esta reflexión sensata y científica es cultivada por los saberes humanísticos, que el mundo anglosajón los denomina «saberes liberales», pues efectivamente están “liberados” de toda servidumbre utilitarista, excepto del honroso servicio que prestan al enriquecimiento intelectual y moral.

En los últimos años los saberes humanísticos han recuperado actualidad. Hoy son considerados saberes necesarios en la formación universitaria, porque gracias a ellos los estudiantes pueden desarrollar las competencias básicas y genéricas. El Espacio Europeo de Educación Superior (EEES) y el Proyecto Tuning – América Latina (2007) coinciden en señalar como prioritarias en este grupo: el compromiso ético, la capacidad de abstracción, análisis y síntesis, la capacidad crítica, la capacidad de comunicación oral y escrita, etc. Estas competencias genéricas no se adquieren con asignaturas de formación especializada, ni mucho menos con asignaturas técnicas. De las artes técnicas sólo podemos conseguir habilidades que nos ayudan (como medios) a construir un mundo más habitable, pero la formación personal sólo se adquiere a través de los saberes humanísticos.

También nuestro país participa de este consenso mundial, pues el CONEAU en las Guías para la acreditación de las carreras profesionales universitarias señala que los respectivos Planes de estudios deben tener las siguientes áreas: básica, formativa, especialidad y complementaria. De este modo la Educación Superior Universitaria no se reduce sólo a las asignaturas propias de la especialidad, sino que ella ha adquirido una dimensión más amplia y completa porque busca formar al estudiante en su totalidad.

El fin o meta del enfoque basado en competencias es la formación integral de los estudiantes, y ésta sólo se realiza teniendo como fundamento los saberes que están referidos a lo más humano del hombre. De este modo, la reivindicación de las Humanidades en los curricula es considerada por muchos como un nuevo amanecer para la formación universitaria.

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