La excelencia de la educación
Por: Dr. Elky Segura González
Profesor adscrito al Dpto.de Ciencias Teológicas
Ninguna otra tarea como la educación se ocupa tan directa y necesariamente de la persona humana. Otras tareas y otros saberes encuentran también a la persona humana en algún momento de su discurso práctico o teórico; pero la educación se topa con ella en su mismo comienzo, pues es una actuación humana, tanto por parte de quien enseña como de quien aprende; y lo humano, considerado en su más profunda realidad, se resuelve en la persona. Todo lo que somos, lo que tenemos y lo que queremos se sintetiza en la vida personal de cada uno. Por eso la persona cobra carácter absoluto de fin respecto de nuestras acciones. La persona no tiene un valor de medio: no es elemento o valor de cambio para nada, pues es «lo más perfecto en toda la realidad» (1).
Obviamente, cuando se dice que la persona es lo más perfecto de toda la realidad, implica explicar las características de este ser perfecto. Así un análisis fenomenológico del ser personal nos muestra que es un ser subsistente, abierto a toda realidad, un ser inteligente y libre, con interioridad e intimidad, una realidad irrepetible, con capacidad de auto-poseerse y donarse a los demás.
El número de las características del ser personal es aún mayor, pero me quisiera detener en una de ellas: la persona humana es un ser irreductible. Esto significa que no puede reducirse a nada superior a ella y por ello, resulta incognoscible en sí misma. Por experiencia sabemos que los actos teóricos de la inteligencia conocen asuntos universales y necesarios de la naturaleza humana, pero la intimidad de las personas desborda su alcance. Si la dignidad humana es patrimonio de cada persona, se implica que ella radica en su más profundo interior, esto es en su intimidad, que resulta así constitutiva de su ser nuclear. La incapacidad de la inteligencia teórica para conocer dicho núcleo personal, nos lleva a la conclusión que la educación sólo puede ser una ayuda para el perfeccionamiento personal, pues nunca se alcanza en la acción pedagógica el núcleo personal de cada uno.
Aquí radica la dificultad intrínseca de la educación: no poder acceder de modo completo a su objeto, ni teórica ni prácticamente, y sin embargo no poder dejar de considerarlo como último referente real de su actuación. Leonardo Polo afirma que la persona humana es un sistema holístico completo, y su estudio y comprensión reclama no olvidar la dualidad unidad-diversidad de esta esencia sistémica (2) . La unidad es lo propio de todo ser vivo, pues la vida se realiza como integración de órganos o partes diversas. En la persona humana dicha unidad se realiza en la intimidad de su ser; por lo tanto, en la medida en que la educación pretende humanizar a su sujeto, debe referirse necesariamente a esa unidad íntima que lo constituye como persona. Sin embargo, la experiencia muestra que el educador no puede acoger y comunicarse más que con manifestaciones parciales y acciones particulares de la unidad personal del educando.
La cuestión que surge es ¿puede resolverse prácticamente este problema? En rigor, no es posible. Todo maestro sabe, por experiencia propia, que jamás agotará el conocimiento de la interioridad de su discípulo. El educando jamás se deja asir completamente y aquí radica la excelencia de su dignidad. Dicha dignidad se acredita como de orden superior a cualquier intento de injerencia o manipulación. Y en esta realidad se funda el valor eminente de la educación.
De la suprema dignidad de la persona humana resulta la excelencia de la educación. Así la tarea de educar es excelente, no por su eficacia productiva, sino por su objeto propio, que es la persona humana. Respecto de otras actividades humanas, cabe hablar de producción, de elaboración, en suma de resultados de actividad. En cambio, cuando se habla de educación el referente principal es el ser de la persona humana que tiene un fin intrínseco de perfección.
Por eso en la educación cabe decir que, en cierto sentido, el resultado ya está dado en el principio: el resultado no puede ser otro que la condición personal del educando. En educación no cabe hablar de producción, sino de formación; pues «se trata de dar forma a lo ya formado, no en cuanto formado, sino en cuanto incompletamente formado» (3) . La atención a la condición personal del ser humano proporciona inmediatamente la más saludable y veraz orientación al quehacer educativo. Hablando propiamente, el educador no forma al educando, sino que éste se forma con la ayuda coadyuvante del educador. El educador no puede producir ni obtener personas; esto sería negar su dignidad esencial. El educador sólo puede cooperar en la plenificación de la condición personal del educando: sólo puede propiciar o fomentar su formación (4).
Según esta tesis, la enseñanza es fundamentalmente una ayuda y el maestro, por tanto causa coadyuvante de la formación del educando. La enseñanza consiste en una cooperación que tiene como supuesto la operación del discípulo. Aprender no es, por tanto, un puro recibir, sino una verdadera acción que el educando ejerce con el auxilio o concurso del maestro. El principio de crecimiento radica en el educando. Ésta es la primera nota a destacar en la formación de la personalidad humana. Todo lo que el maestro hace es ayudar al discípulo, confortarlo, poner a su disposición los medios que necesita para que él mismo, usándolos y no simplemente recibiéndolos, alcance la verdad que se le enseña.
(1)TOMÁS DE AQUINO, S. Th. I, q. 29, a. 3.
(2)Leonardo POLO, Ayudar a crecer, EUNSA, Pamplona 2006, 54-59.
(3)Francisco ALTAREJOS, Educación y felicidad, EUNSA, Pamplona 1986, 17.
(4)Francisco ALTAREJOS – Concepción NAVAL, Filosofía de la educación, EUNSA, Pamplona 2004, 155.
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