La autoridad del profesor

Por: Mgtr. Fernando Cubas Benavides
Director del Dpto.de Ciencias de la Salud

Lo primero que debemos tener claro son las definiciones de autoridad (auctoritas) y potestad (potestas). En el Diccionario de la Real Academia de la Lengua española, se entiende por autoridad al prestigio y crédito que se le reconoce a una persona o institución por su legitimidad o por su calidad y competencia en alguna materia; y potestad al dominio, poder, jurisdicción o facultad que se tiene sobre algo. El profesor Álvaro D’Ors definió la auctoritas como el “saber socialmente reconocido” y la potestas, en cambio, como el “poder socialmente reconocido”.

Debemos entender como sistema a un conjunto de organizaciones interrelacionadas -en este caso hablamos de educación- que  siguen el mismo fin: formar personas. Entendido así, entonces, el sistema educativo está conformado por: la familia, la escuela, la universidad, las direcciones, el ministerio y el propio Estado, siendo los actores principales los profesores y alumnos.  También existen nuevos agentes, algunos muy activos y poderosos, en la transmisión de valores (positivos o negativos) como son, por ejemplo, los medios de comunicación  o la publicidad, estos últimos influenciando, la mayoría de las veces, de forma negativa.

En el momento actual,  asisten a las instituciones todos los alumnos, todos tienen derecho a la educación, hablamos de la totalidad de los hombres y mujeres en edad para realizar estudios escolares, universitarios, etc., es decir, de los que quieren estudiar, de los que valoran el esfuerzo y el saber, hasta aquellos que viven en familias desestructuradas, junto con los que objetan, los que asisten por obligación, etc. “Esto, simplemente esto, cambió por completo el sistema educativo. Y muchas personas siguen sin comprenderlo, mucho menos asumirlo” (Manuel Dios, 2010).

Me parece importante también mencionar que el cambio de la sociedad tiene la base de su crisis en el deterioro progresivo de la institución más importante para el ser humano: La Familia, parte fundamental en el sistema educativo. El “modernismo” en el que vivimos basados en el individualismo, unido al alejamiento cada vez mayor de Dios y colocando al dinero como fin de la economía, a contribuido a que el concepto de familia se vaya debilitando. Se han dando leyes que facilitan el divorcio, a los jóvenes se les ofrece diversión con los video juegos convirtiéndolos en personas de mentes mecanizadas sin capacidad reflexiva, esclavas de la tecnología. Todas estas medidas difundidas de diversas maneras han logrado convertirse en la forma de vivir de muchas personas y de muchas sociedades, ocasionado que se pierda el diálogo familiar, los tiempos necesarios para una vida en familia y para una buena educación integral.

Los profesores son los  que realizan uno de los trabajos más imprescindibles, más valiosos de cualquier sociedad y menos valorados; los profesores universitarios son los encargados de continuar con la formación integral de las personas que serán los futuros profesionales del país y los que dirigirán nuestras vidas en un tiempo no muy lejano. Pues esos profesores, hace mucho que fueron despojados de su auctoritas y declarados culpables, de cierta manera, de nuestra situación educativa actual, en una sociedad llamada “democrática”, en la cual se sostiene firmemente que nadie es más que nadie, que nadie sabe más que nadie y que nadie manda sobre nadie (propio de una libertad mal entendida, que lo único que hace es poner en evidencia que somos unos ignorantes o que estamos todavía muy lejos de vivir en una sociedad ordenada, responsable y justa).

Con mucha frecuencia confundimos la auctoritas con la potestas que tan bien distinguían los romanos. La primera tiene que ver con la autoridad moral que tenemos que ganar cada día con nuestra profesionalidad, con el buen ejemplo, con el respeto, con la dedicación, con nuestros conocimientos, experiencia, comportamientos y conductas, sabiendo y preparando la materia o asignatura a cargo, esta ascendencia moral que ni se compra ni se vende, se aprende y se construye cada día, con mucho esfuerzo, con ilusión, con vocación. Mientras que la potestas, por el contrario, consiste en un conjunto de facultades públicas que son otorgadas, desde fuera, a una persona de acuerdo con unas formalidades bien definidas, por eso, “el debate sobre la autoridad debiera de ser moral, ético, profesional, humanista, educativo…, no simplemente administrativo, político o jurídico, ni vengativo, o de revancha” (Manuel Dios, 2010).

El conocimiento de sí mismo resulta indispensable en el proceso educativo. “Si el alumno no se conoce a sí mismo, su libertad pasará a ser una libertad cautiva, un rehén de la ignorancia y del propio desconocimiento personal” (Polaino, 2004). Para conocerse a sí mismo el alumno precisa de quién le enseñe o al menos le oriente en este aprendizaje y es preciso también que el profesor conozca la personalidad de sus alumnos hasta donde sea posible: para educar, que es mucho más que enseñar, hay que conocer la persona entera. Tener autoridad exige al profesor no solo tener prestigio profesional si no también solvencia moral.

El saber respetar las reglas también se aprende en la escuela, en la familia, en la sociedad; el mismo Estado y la política deberían ser un ejemplo de orden. Deteriorar la autoridad práctica de los profesores, desactivando las exigencias de la disciplina o menospreciando las reglas que ordenan las escuelas o universidades, acaba por ser, pues, una amenaza para los propios alumnos y para la misma sociedad en general.

Personalmente, creo en la autoridad del profesor, y el sistema educativo, como el jurídico, la fiscalía, cuenta con legislación y sentencias que protegen y respaldan al profesor. También debemos reconocer que existen muchas instituciones educativas donde hay profesores sin autoridad moral ni ética, también existen padres y madres con muy poca ascendencia sobre sus hijos, médicos incompetentes,  periodistas anti éticos y políticos corruptos e inmorales, lo que tiene que ver finalmente con la formación inicial y permanente (vocación), con el acceso, con desempeñar o no el trabajo que se quiere (voluntad), con valores y virtudes, con lo que sería el profesionalismo. En todo esto está el gran reto, de no quedarnos “adormecidos”, ni tener miedo, sino de ser muy optimistas y pro activos para contribuir como padres de familia o como profesores o como autoridades, a tener un mejor sistema educativo en nuestras respectivas sociedades, y  una forma es asumiendo nuestro rol como tal y formándonos (educándonos) integralmente de forma continuada, tener una vida ejemplar y aprender a criticar, entendido esto último como el juicio reflexivo que debemos tener para seguir perfeccionándonos.

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