Hombres sabios: Hombres virtuosos para un Perú mejor

Por: Dr. Hugo Calienes Bedoya
Rector USAT

Las  encuestas, hoy por hoy, parece que son el medio más objetivo para obtener datos y saber que piensan las mayorías, o minorías representativas,  sobre un determinado tema. Nadie niega esta utilidad pero también hay que admitir que, dependiendo de como se planteen las preguntas, pueden ser “orientadas” y obtener los resultados que de antemano se han previsto. 

Con esta breve introducción lanzo una  pregunta abierta formulada de diversas maneras: ¿En su opinión quien es sabio?, ¿A quien considera usted hombre sabio?, ¿Porqué se dice que una persona es sabia? Podemos suponer las contestaciones: “el que ha leído mucho y sabe mucho”, “el que tiene una rica experiencia de la vida”, “el que es un superdotado”, etc. Respuestas todas válidas, hasta cierto punto, sin embargo a pocos se les ocurrirá responder, “el que es virtuoso”.

Sabiduría no es sinónimo de enciclopedismo. En la sociedad actual la sabiduría se mide y valora en clave pragmática y utilitarista: servir para generar bienes que proporcionen una mejor calidad de vida. Así se privilegia a los Nobel o candidatos al premio, aunque estén muy lejos y nunca lo obtengan. Si bien este tipo de sabiduría es  necesaria y, si en un hipotético caso todos lleguemos a alcanzarla, no por eso la humanidad seria más feliz y tendría una vida lograda. Hace falta algo más que la pura genialidad.

Los filósofos griegos, fueron los primeros en plantearse seriamente el tema de la felicidad personal y, como reflejo de su vida, de toda de la sociedad. Bien se tratara de epicúreos (hedonismo) o estoicos (ascetismo laico) terminaron, por caminos opuestos, concluyendo en lo mismo: la necesidad de ser hombres virtuosos.  Serán Aristóteles y Tomás de Aquino los que coloquen a la virtud en el lugar correcto y como modo de  lograr la vida buena

La sabiduría es un don del Espíritu Santo [1]que para poseerlo hace falta, como condición,  docilidad de la persona humana. Es sabio el que pone todos los medios para conocer, sin error, cual es papel que le corresponde desempeñar en la tierra, en el lugar que le ha tocado estar, y como debe utilizar todas las cosas  creadas puestas en sus manos, según los designios divinos.  Don que nos remite al ejercicio de la prudencia, de la templanza de la fortaleza y de la justicia. Virtudes cardinales que, como indica su nombre, orientan la vida. La primera enseñanza de la sabiduría sería: “para poseerme no es preciso que mores en una biblioteca, solo es necesario que tengas el buen empeño por ser virtuoso”.

Llevada a la práctica diaria, será sabio el que respeta el medio ambiente y  no hace de él “su fundo” y reconoce que, como simple administrador, debe dar cuenta de su gestión a las  generaciones futuras. Igualmente es sabio el que respeta la vida desde su concepción hasta la muerte natural. El que es constructor de la paz (local y universal). El  que trabaja por el bien común y no busca egoístamente el provecho personal. El que sabe servir sin cálculo y no mide sus acciones por los réditos posteriores. La lista puede ser todo lo larga que se quiera, basta con estos ejemplos para que comprendamos que el Perú está ávido de hombres sabios, es decir de personas enamoradas de la virtud aristotélico-tomista.

Concluyo este artículo pensando que los hombres más sabios han sido los santos. Tres nombres cercanos en el tiempo cuyos trabajos y desvelos por la humanidad están a ojos vista: San Josemaría Escrivá de Balaguer (el santo de la vida ordinaria), la beata Teresa de Calcuta (la misericordia y la defensa de la vida humana de los más desamparados) y el beato Juan Pablo II (peregrino mundial de la paz).


[1] Catecismo de la iglesia católica, nn 1830.-1832

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