Hacia un nuevo humanismo cristiano

En cada época hay necesidad de un nuevo humanismo. En efecto, han caído las estructuras sociales de las antiguas civilizaciones; han declinado los humanismos raídos y esclerotizados, como el medieval, el liberal-burgués, el socialista y el comunista. Han muerto los viejos modelos de organizar la política y el gobierno. Pero la humanidad no puede vivir sin una perspectiva de futuro. Siempre hay necesidad de dar una interpretación concreta a la esencia del cristianismo en cada momento histórico. Es necesario un Renacimiento para cada época.

Entonces la cuestión que surge es: ¿Por dónde comenzar? ¿Cuál sería el punto de partida de un nuevo humanismo? La larga experiencia humana nos muestra que nosotros somos irreductibles y superiores a toda otra especie o forma de vida. Más aún, la fe cristiana nos dice que el hombre es la única criatura que Dios ha querido por sí misma. Dios ha esculpido en el hombre y en la mujer su imagen y semejanza, confiriéndoles una dignidad incomparable.

Es mérito del Cristianismo el haber concebido una noción decisiva de la persona a través del estudio del dato revelador de un Dios uno en tres Personas. De hecho en el pensamiento greco-romano, el sentido de lo que significa ser persona quedó solo en estado germinal. Sin embargo, los pensadores posteriores, tanto cristianos como no-creyentes, a pesar de haber estudiado el concepto de persona, no han sido capaces de crear una definición exhaustiva de este término: porque la persona humana en la dimensión corporal es mensurable, y de hecho la medicina nos ofrece todos los datos para definir el bios del ser humano, mientras que el espíritu no es cuantificable y, por lo tanto, no puede ser sometido a los límites de la materia.

Ahora bien, si nos encontramos frente a la imposibilidad de una definición de persona, bien circunscrita y precisa, no por eso debemos relegarla en el ámbito de lo incognoscible. Y no nos debe extrañar que el mismo Concilio Vaticano II, a pesar de haber tratado el tema, no nos ha ofrecido una definición precisa del término. La misma cosa sucede con los filósofos y teólogos actuales cuando afirman que “la persona es un misterio inviolable” y dan la siguiente explicación: «La persona no puede ser definida, porque solamente pueden ser definidos los objetos que están puestos frente a los ojos del hombre, pero la persona no es un objeto. Antes bien, lo propio de ella es no poder ser tratada como objeto. La persona es la única realidad que nos ha sido dada para conocerla y amarla desde el interior» (E. Mounier, 1947).

Pero si no puede ser definida, la persona puede ser descrita a través de sus principios constitutivos y de sus atributos. Los principios constitutivos de la persona son el alma y el cuerpo. Ella es la totalidad de cuerpo y espíritu. Es un espíritu encarnado, en cuanto también sus facultades más nobles están condicionadas por factores de herencia y de alimentación. Es un cuerpo y, como tal, está sometido a todas las condiciones de la materia: espacio, tiempo, finitud, pluralidad. Pero el hombre no es solamente cuerpo: él está inmerso en la naturaleza de las cosas y las trasciende en el momento en que las conoce; además, transforma el universo que lo circunda y es capaz de colaborar con Dios en la creación. Por lo tanto, el hombre es más espíritu que cuerpo: él es la epifanía del espíritu.

Si bien es cierto, la persona está inmersa en la materia, ésta no la somete totalmente a sus límites. La persona en cuanto espíritu no se agota en el cuerpo, más bien se eleva hacia Dios que lo desvincula de todo desarrollo horizontal de la especie.

No obstante, la persona sigue siendo un misterio, porque aparece como una especie en el límite entre dos mundos: está inmersa en la carne y a la vez está constituida de espíritu; está condicionada a los placeres del mundo, pero siente atracción hacia Dios; nace, vive y muere en el tiempo, pero respira eternidad; es un ser de la naturaleza y del mundo, pero trasciende el universo mediante su libertad y la capacidad de unirse con Dios.

La persona es radicalmente un misterio, porque está creada para vivir con Dios. Ella, con el conocimiento y el amor, está inclinada a buscarlo, conocerlo y amarlo. Tal capacidad y orientación pertenecen a su propia estructura y la definen en su sustancial misterio. Afirmar que Dios es espíritu no es definirlo, más bien es sacarlo de toda definición; y afirmar que nosotros somos espíritus ligados a Él por una semejanza indestructible significa sumergirnos en el misterio insondable de Dios.

 J. Mouroux, en El sentido cristiano del hombre (1945), profundiza en esta idea con las siguientes palabras: «Considerado en relación a Dios, el hombre supera al hombre, escapa a sus propios límites y no puede ser comprehendido como objeto, ni juzgado ni violentado en su secreto personal. Él no pertenece más que a Dios y ninguna potestad humana puede reivindicarlo para sí misma. No puede ser destruido porque el acto que lo asesina lo hace entrar en la eternidad, en la inmortal sociedad de los espíritus. En pleno sentido, la persona humana es un ser del más allá, es un ser sagrado».

En conclusión, superaremos las consecuencias nefastas de los antropocentrismos cerrados de nuestra época, solo si partimos de la verdadera dimensión del hombre. El advenimiento de un nuevo humanismo será posible si aceptamos la realidad de que el hombre es imagen y semejanza de Dios. Más aún, si vivimos el evento revelador de que Dios ha entrado en el tiempo. Cuando Jesucristo, el Verbo Encarnado, entra en la historia, el tiempo y la eternidad se tocan y la divinidad pasa a ser Enmanuel, Dios con nosotros. A partir de la Encarnación del Verbo, el misterio de Dios se ha desvelado, y ahora es posible para el hombre descubrir su propio misterio, construir un porvenir y vivir como una verdadera epifanía del Espíritu.

Dr. Elky Segura Gonzáles

Director del Departamento de Filosofía y Teología

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