El proyecto personalista de la USAT
Por: Mag. Armando Mera Rodas
Profesor adscrito al Departamento de Ciencias Teológicas
Recuerdo allá por el año 1995, en que el interés de Monseñor Ignacio María de Orbegozo y Goicoechea, por el proyecto de la universidad que hoy nos acoge iba tomando forma en la mente del fundador.
Desde entonces, en sus visitas que solía hacernos al Instituto Superior Pedagógico Santo Toribio de Mogrovejo, Institución pedagógica que antecedió a la fundación de la USAT, nos animaba y exhortaba a los profesores de entonces a seguir formándonos seriamente a través de estudios de postgrado con miras a asumir responsabilidades en lo que años mas tarde sería la Universidad Católica Santo Toribio de Mogrovejo.
En algunas de sus acostumbradas tertulias que nos impartía a los profesores mientras caminaba en medio del salitre y la grama salada que tupía lo que hoy es el Campus universitario, con mucha ilusión y entusiasmo, se refería a los edificios que en el diseño arquitectónico de su mente visionaria poseía, ubicándolas a un lado y a otro las diversas facultades de la futura universidad. Solía poner énfasis – seguramente para que sus colaboradores lo posesionáramos en nuestras mentes – en el ideario fundacional que estaba pensando para la futura USAT.
Vivir y trabajar en el silencio era una de las tantas virtudes de Monseñor Ignacio María, alejado del ruidoso mundo al que siempre estuvo expuesto como autoridad eclesiástica, supo generarse lo que en filosofía se denomina el ocio filosófico, es decir, logró propiciar el espacio libre a su intelecto para que éste piense con seriedad y hondura. Producto de esta especulación y reflexión profunda había postulado para la Universidad aquel ideal muy filosófico y metafísico: “formar personas cristianas con altura científica”, que conviene explicitarlo y hacerlo inteligible ya que en este postulado se ancla y radica lo propio y lo atractivo de la USAT.
Y, es conveniente hacerlo, porque el costo de ir centrando nuestra atención en el cambio y el crecimiento vertiginoso de la universidad, impuesto por el ámbito competitivo, podría hacernos perder de vista lo permanente y estable que hay en ella. Esto es, podría alejarnos o distanciarnos de los principios sobre los cuales ha sido fundada.
El principio fundacional universitario: formar personas cristianas con altura científica, comprende tres dimensiones en su estructura, las mismas que desarrolladas convenientemente hacen del quehacer universitario un proyecto integral; omitir alguno de ellos, sería atentar contra nuestro propio principio, por tanto desconocer la naturaleza para la que fue creada.
Con la afirmación: formar personas, nuestro fundador ponía énfasis en el ser personal del hombre y esto porque, primero y ante todo, el hombre es persona y luego médico, ingeniero, abogado, enfermero, comunicador, educador, psicólogo, etc., es decir profesional. La persona es un ser de crecimiento irrestricto, una realidad que tiene que crecer y desarrollarse a lo largo de toda su vida. En consecuencia, constituye tarea indelegable de toda universidad, atender a la persona y a toda la persona; llevarlo a plenitud sus niveles ontológico y operativo respectivamente. Ante esta consideración conviene preguntarnos ¿Cómo y a través de qué la universidad católica contribuye con el desarrollo pleno de la persona? La respuesta es simple, a través de las humanidades. Cada una de las asignaturas consideradas en el plan de estudios universitario como la ética, la filosofía, la antropología filosófica, el arte, entre otros, aportan mucho en este propósito. Pero preguntémonos también ¿Qué ocurriría, como de hecho viene ocurriendo, en algunas universidades donde por falta de una adecuada comprensión filosófica de la realidad y por la pasión puesta en la especialización y en la técnica, descuidan o dejan de lado esta dimensión esencial? Indudablemente arribaremos a funestas consecuencias, tendremos profesionales muy capaces e inteligentes pero muy empobrecidos humanamente como personas. Profesionales muy hábiles pero viciosos y arrogantes. Esto es un problema latente hoy.
Por su parte con la afirmación: formar personas cristianas, el fundador traía a colación algo esencial y propio de una universidad católica. La persona humana es un ser religioso por naturaleza y esto porque ha sido creado por Dios y para Dios y en consecuencia la universidad católica ha de favorecer en sus estudiantes y en su personal la formación de personas profundamente cristianas, varones y mujeres con cabeza de teólogos y con piedad de niño como solía decir San Josemaría en su exhortación a ser cristianos de verdad y de altura. Pero no solo la formación cristiana de las personas, sino también todo el quehacer universitario ha de impregnarse de los principios y valores cristianos buscando un dialogo auténtico entre la fe y la cultura. Como vemos esta dimensión es esencial y propia de la universidad católica, lo que nos diferencia de una universidad no católica. En consecuencia, descuidarla sería claudicar nuestros principios e ideales. Pero, ¿qué ocurriría si la Universidad, por error considera poco importante e intrascendente esta dimensión y decide quitar de los planes de estudios los cursos de ciencias teológicas, que a conocer, a vivenciar y a defender tu fe? Indudablemente nuestros máximos ideales serían solo eso, unos ideales o postulados teóricos inalcanzables e irrealizables, convirtiéndose la universidad católica en una más que hace lo mismo entre las ya existentes. También se atentaría contra el ser personal mismo porque se le priva de algo inherente y natural en él: el desarrollo de su dimensión religiosa. No olvidemos que Dios es vital y necesario para la persona humana que si no existiera, como ha dicho algún autor, habría que inventarlo. El hombre no puede vivir auténtica vida humana al margen de Dios.
Entre tanto, con la tercera dimensión del proyecto fundacional: formar personas cristianas con altura científica, el fundador de la USAT planteaba el gran reto para la universidad naciente: estar en condiciones de competir científica y técnicamente con aquellas hermanas universidades que nos llevan muchos años de experiencia y de trabajo. Es un hecho, respecto a esta dimensión, las universidades mayores, debido a sus años de experiencia y tradición nos lleven ventaja competitiva y comparativa, en consecuencia esta competencia no nos hace fuertes ante las demás pero hemos de esforzamos por andar a la par con ellas.
Analizada esta triple dimensión del proyecto personalista de la USAT se puede concluir diciendo que las dos primeras dimensiones irradian honradez, honestidad, veracidad y respetuosidad. Es decir, varones y mujeres con virtudes humanas y cristianas. En tanto por la tercera dimensión la formación aporta competencia, capacidad, laboriosidad y proactividad.
Quiero terminar planteando estas interrogantes: ¿Dónde radica la nota distintiva de la USAT? ¿Cuál es nuestra competencia competitiva y comparativa en relación a las demás universidades? ¿Qué hace que la sociedad lambayecana nos prefiera? ¿Qué hace que nuestros estudiantes decidan quedarse en nuestra Universidad y dejen de lado otras universidades más experimentadas y adultas que la nuestra? ¿Qué hace que la USAT constituya una excelente alternativa para estudiar? Creo que la respuesta a todas estas preguntas es que la USAT sigue empeñada en su proyecto integral fundacional: formamos personas cristianas con altura científica, el mismo que, como hemos analizado, consta de estas tres dimensiones esenciales: Bienvenidos a la USAT.
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