El gobierno de las encuestas
Por: Jorge Luis Vallejo Castello
Politólogo
Profesor adscrito al Dpto. de Ciencias Jurídicas
Acercándose cada vez más el día de las Elecciones Generales, se ha intensificado la línea de fuego con la puesta en duda de la credibilidad de las encuestas que se vienen difundiendo, como es lógico los candidatos que van a la zaga suelen ser quienes se quejan de las proyecciones y afirman que “la verdadera encuesta será el 10 de abril”, frase bastante trillada.
Los “dimes y diretes” con las encuestadoras llevaron a que hace unas semanas el Jurado Nacional de Elecciones plantease como medida “correctiva” que se tenga un registro de las personas encuestadas, ante ello las alarmadas encuestadoras “amenazaron” con dejarnos en un proceso electoral sin proyecciones estadísticas. Me pregunto ¿qué hubiese pasado si nos quedábamos sin encuestas? ¿Sería ello tan catastrófico? Sin lugar a dudas hubiese sido más que interesante vivir un proceso electoral sin encuestas y en donde el elector, sin interferencia alguna de las estadísticas, se dirigiese a la cámara secreta de votación.
Cabe la pregunta ¿es tal la influencia de las encuestas sobre el electorado? El resultado de una encuesta no es más que una inferencia lógica basada en la estadística, atendiendo a un muestreo aleatorio sobre una población objetivo. Pero hay que tener cautela cuando la cultura política del elector no lo enmarca propiamente en una lógica de “ciudadano”. Fueron Gabriel Almond y Sidney Verba quienes desde la publicación de The Civic Culture, a mediados del siglo pasado, nos aproximaron al entendimiento de las formas de “cultura política”, ese cúmulo de creencias y actitudes de los individuos hacia la Polis, hacia la vida en una comunidad política.
En el caso peruano es fácil identificar una “cultura política súbdito”, vale decir, los habitantes reclaman medidas (los inputs) pero difícilmente se deciden a participar de éstas o supervisarlas (no lográndose outputs adecuados).
En un escenario con bajo nivel de compromiso cívico, con debilidad partidaria y en el cual el sufragio es entendido más como “evitar una multa eligiendo al menos malo”, las encuestas de opinión pesan más de lo normal y se convierten en un refugio para los indecisos, para los poco comprometidos o para quienes esperan que otros siempre decidan por ellos, a fin de cuentas ¿para qué perder el tiempo revisando planes de gobierno?
Las encuestas son solamente una referencia, una “fotografía” del momento, si se quiere hablar de tendencias será necesario hacer comparaciones en diferentes tiempos, teniendo en cuenta que la “fotografía” puede salir bastante borrosa ante un electorado tan volátil. El gobierno no nace de las encuestas, no nace de las inferencias, las encuestas son una aproximación y percepción sobre los fenómenos de la realidad (si es que son hechas de una manera científica).
Por regla general nuestra “gran carrera” electoral termina dándose entre las primeras ubicaciones pues el elector no quiere ver perdido su voto (extraña búsqueda de un triunfo) y apuesta a ganador optando por los primeros potrillos. Hay que ejercitarse para votar a conciencia y no por mera sugerencia ya que el sufragio no es juego, tal vez así vayamos hacia una verdadera ciudadanía en la práctica. Busquemos el sustrato de las ideas y programas políticos, no sólo las apariencias. Dijo Maquiavelo a principios del siglo XVI que “Al vulgo le guían las apariencias” ¿será ello correcto también ahora y de parte nuestra?
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