El desafío de la Universidad Católica: Ser una comunidad auténticamente humana

Por: Mgtr. Javier H. Espinoza Escobar
Decano de la Facultad de Derecho

La Beatificación de Juan Pablo II no constituye un acontecimiento histórico más. Sus innumerables conferencias, escritos, homilías, mensajes relacionados con el mundo universitario exige, de quienes formamos parte de la Universidad, una profunda reflexión pero, sobre todo, una actuación consecuente con la misión trascendental que le corresponde desempeñar en el mundo moderno.

 Como se aprecia en la Ex corde Ecclesiae, la predilección del Beato Juan Pablo II por el mundo universitario tuvo su origen en el hecho de su propia experiencia universitaria[1]; pero además, por su convicción de que la universidad constituye un espacio fundamental de rescate de “lo verdaderamente humano” y porque es una importante aliada para la construcción de “un nuevo humanismo, abierto a la trascendencia y a sus valores, que son los que representan su fundamento más seguro”[2].

En el caso de las Universidades Católicas, el convencimiento de que son “el signo vivo y prometedor de la fecundidad de la inteligencia cristiana en el corazón de cada cultura”[3] le lleva a conferirles el honor y la responsabilidad de “consagrarse sin reservas a la búsqueda de la verdad y a su transmisión desinteresada a los jóvenes y a todos aquellos que aprenden a razonar con rigor, para obrar con rectitud y para servir mejor a la sociedad”[4]. Esta misión condensa de modo esencial los fines de cualquier universidad (investigación, docencia y responsabilidad social) pero con un matiz especial derivado del hecho de su catolicidad.

Es en torno a la verdad que la Universidad Católica debe centrar todos sus esfuerzos, no solo para descubrirla y transmitirla a quienes se forman en ella sino, sobre todo, para que cada uno de sus miembros la haga suya en su vida personal y en el servicio a los demás. Es evidente que no se trata de una verdad en términos meramente abstractos, sino una “verdad en la acción”, de tal forma que se genera una “responsabilidad por la verdad: por la verdad en el pensamiento y en la acción”[5], pues la verdad compromete a actuar en consecuencia. De esta forma, Verdad y Libertad constituyen los motores de la actuación de cualquier universitario.

La búsqueda de la verdad tiene su más alta expresión en la investigación, a la que se debe abocar la universidad, sobre todo en aquellos ámbitos relacionados con el estudio de los graves problemas contemporáneos, tales como, la dignidad de la vida humana, la promoción de la justicia para todos, la calidad de vida personal y familiar, la protección de la naturaleza, la búsqueda de la paz y de la estabilidad política, una distribución más equitativa de los recursos del mundo y un nuevo ordenamiento económico y político que sirva mejor a la comunidad humana a nivel nacional e internacional[6].

En la consecución de la finalidad antes mencionada Juan Pablo II incide en un aspecto en el que quizá no se repara convenientemente: La Universidad debe ser una comunidad auténticamente humana, en la que se manifieste de modo pleno un espíritu de libertad y de caridad, respeto recíproco, diálogo sincero y una preocupación constante por la tutela de derechos de cada uno[7]. Sólo así se puede volcar de modo pleno al servicio de la Iglesia y de la sociedad de modo real y no aparente.

Por otro lado, Juan Pablo II, recuerda que cada miembro de la comunidad universitaria juega un rol fundamental para la consecución de la misión de la Universidad Católica: Al personal administrativo, le corresponde una especial dedicación y testimonio  indispensables para la identidad y la vida de la universidad[8].

A los docentes, les recuerda el deber de mejorar cada vez más su propia competencia como docentes; como investigadores los hace responsables de encuadrar el contenido, los objetivos, los métodos y los resultados de la investigación de cada una de las disciplinas en el contexto de una coherente visión del mundo que no deje de lado el sentido ético que es expresión de la dignidad humana que se debe revalorar[9].

Los estudiantes de la Universidad Católica tampoco quedan fuera de las exigencias requeridas por el Beato Juan Pablo II. A ellos les recuerda la obligación de adquirir una educación que armonice la riqueza del desarrollo humanístico y cultural con la formación profesional especializada. Dicho desarrollo debe ser tal que se sientan animados a continuar la búsqueda de la verdad y de su significado durante toda la vida. Este pedido evidencia la necesidad de que se formen de modo integral, como personas para ser profesionales excelentes y líderes calificados en los lugares en los que deberán desarrollar su labor[10].

Finalmente, como se dice en la Ex Corde Ecclesiae, a los directivos de la Universidad Católica nos corresponde una especial responsabilidad: mantener y fortalecer la identidad católica de la universidad mediante una esmerada gestión de servicio[11]. Servicio que se traduce en volcar todos los esfuerzos para facilitar el cumplimiento de la misión que le corresponde a la universidad en tanto universidad y en tanto católica; servicio que significa respetar y fomentar el respeto de la dignidad de cada uno de los miembros de la comunidad universitaria; servicio que implica acompañar a estudiantes y docentes en su crecimiento personal y profesional con estricto respeto de sus libertades; servicio que implique, finalmente la consolidación de la identidad católica no en cuanto a aspectos externos y superficiales sino en cuanto a la riqueza misma de los principios e ideales católicos.

Solo si cada miembro de la comunidad universitaria cumple con sus obligaciones, la Universidad Católica será una comunidad auténticamente humana que cumplirá con integridad y plenitud su misión y fortalecerá su identidad católica; mientras ello no sea así, mantendrá una gran deuda con la sociedad y con la iglesia.


[1] Durante muchos años yo mismo viví la benéfica experiencia, que me enriqueció interiormente, de aquello que es propio de la vida universitaria: la ardiente búsqueda de la verdad y su transmisión desinteresada a los jóvenes y a todos aquellos que aprenden a razonar con rigor, para obrar con rectitud y para servir mejor a la sociedad” Cfr. Constitución Apostólica Ex Corde Ecclesiae, Introducción, n. 2.

[2] ROSSO, Pedro Pablo, “El magisterio de Juan Pablo II al mundo universitario: audaz creatividad y rigurosa fidelidad” (Ubicado el 27.04.2011). Obtenido en http://oducal.uc.cl/index.php?option=com_docman&task=cat_view&gid=111&Itemid=209&lang=es

[3] Cfr. Constitución Apostólica Ex Corde Ecclesiae, Introducción, n. 2.

[4] Cfr. Constitución Apostólica Ex Corde Ecclesiae, Introducción, n. 4.

[5] Carta a los participantes en el encuentro de Juan Pablo II con los universitarios de México y de América Latina en el Santuario de Nuestra Señora de Guadalupe, Vaticano 15/11/1979 (Acta Apostolicae Sedis-Commentarium Officiale 1979/1 p.p. 252.255 n.1

[6] Cfr. Constitución Apostólica Ex Corde Ecclesiae,  n. 32.

[7] Cfr. Constitución Apostólica Ex Corde Ecclesiae,  n. 21.

[8] Cfr. Constitución Apostólica Ex Corde Ecclesiae,  n. 24.

[9] Cfr. Constitución Apostólica Ex Corde Ecclesiae,  n. 22.

[10] Cfr. Constitución Apostólica Ex Corde Ecclesiae,  n. 23.

[11] Cfr. Constitución Apostólica Ex Corde Ecclesiae,  n. 24.

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