Dios y la música
Por: P. Ángel Arrebola Fernández
Capellán de la Facultad de Derecho
Antes de que existiera el mundo ¿qué se oía? ¿Cuál es el sonido de la eternidad? ¿A qué suena el infinito? Realmente es imposible responder con acierto, al menos si se pretende dar una respuesta desde la ciencia, e incluso desde la filosofía. Ni soy científico, ni filósofo. Pero puestos a ensoñar, ruego que se me deje echar la imaginación al vuelvo.
No creo que el silencio fuera lo que existiera, sinceramente, es imposible, porque desde la fe, incluso desde una fe natural, es razonable pensar que Dios existe desde siempre; Él es el principio increado, el motor primero, la causa incausada. Dios ya existe, y Dios no es un Dios solitario, no está solo. Siendo Dios, son tres -así afirma la revelación- y los Tres mantienen desde siempre un diálogo eterno de amor. No existe el silencio como vacío, hay diálogo; la palabra alterna con el silencio: “en el principio ya existía la Palabra”, nos revela Juan.
Alternar el silencio con la palabra, he ahí la estructura fundamental de la música: silencios y sonidos sostenidos por el ritmo y la cadencia. La voz de Dios es la primera de las músicas.
En todas las religiones es definitiva la música, puesto que a través del medio más etéreo el hombre ha sido consciente de que se ponía en comunicación con Dios. El ritmo, las cadencias musicales, suponen la expresión más elevada de que el hombre dispone para acercarse a lo sublime. Pasarán siglos hasta que se pueda fijar y conservar lo escuchado. El ser humano advierte que la creación musical pertenece al género de lo místico; y para expresar la relación de Dios el hombre va a necesitar del medio más espiritual: la música. Es la música la que acompaña desde los albores de la humanidad los ritos sagrados. Sin música no hay liturgia, sin música no hay comunicación con Dios.
El acontecimiento definitivo de la historia es la venida al mundo de la Palabra. A lo largo de la historia de la Salvación esa Palabra se ha precipitado constantemente sobre la tierra. Antes sólo Dios podría escuchar la música de Dios: el tono de sus palabras, el hombre únicamente podía hacerse eco de la música del cielo; desde la encarnación el mundo ha conocido cómo suena Dios.
De ahí que a la expresión más alta del espíritu humano: la música, unida la mayor de las acciones de Dios: la Encarnación, haya dado paso a las mejores creaciones del espíritu. Si en cualquier modo de creación humana, el hombre emula a su creador, de alguna manera se hace igual a él, es en la música en donde encuentra el canal necesario para encontrarse en las cumbres más altas. Con ella se separa el hombre de su natural adhesión a la tierra y es capaz de elevar su espíritu a las cimas de lo extraordinariamente único.
No es de extrañar que el nacimiento de Cristo haya sido anunciado por el canto. ¿Cómo resonarían en la fría noche betlemita las voces cristalinas de los ángeles? Y tampoco es de extrañar que al dejar este mundo el Verbo, hasta la tierra entonará el lamento: “la tierra retembló” cual instrumento de percusión, produciendo con sus crujidos el terrible sonido de la desgracia: Cristo ha muerto.
La música desde entonces encontró el mejor de los temas, el contenido perfecto. El camino de la música es recorrido entonces por el misterio de un Dios que le ha hablado al hombre, ¡en su mismo lenguaje!
No es necesaria entonces la palabra, curiosamente, el lenguaje musical puede expresar mejor lo inmaterial, lo perfecto, lo sobrehumano. La palabra humana puede descifrar el mensaje, pero sólo la música puede hacerlo sentir verdaderamente. Y entonces, también puede descubrirse toda la belleza del silencio -que no es vacío- como parte fundamental del mensaje.
Dios también es música.
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