Cincuentenario Juan José Lora y las nostalgias del exilio

Veinte años de exilios y prisiones dejaron huella perdurable en la poesía de Juan José Lora Olivares. Con entusiasmo juvenil por el vanguardismo, había publicado dos poemarios: Diánidas (1925) y Lidya (1929). Pero, por su ardorosa defensa  de la democracia, fue perseguido por las dictaduras que sobrevinieron después. Exiliado entre 1934 y 1945 y, también, entre 1948 y 1956, el obligado desarraigo de su terruño chiclayano le inspiró entrañables arpegios de nostalgia, recogidos en su poemario Sabor a mamey.  

Nacido el 27 de febrero de 1902, en Chiclayo, sus padres fueron Juan de Dios Lora y Cordero –ilustre parlamentario, educador y magistrado– y Rosaura  Olivares. Tenía cinco años  de edad cuando, muy conmovido, vio a su padre sollozando al recibir una noticia dolorosa. Había muerto, arrollado por el metro en el lejano París, su sobrino, el joven poeta José Lora y Lora (Jelil), a quien, por su temprana orfandad, don Juan de Dios había criado con afecto paternal.

A partir de aquella experiencia, una de las inquietudes de Juan José fue leer los poemas del primo Jelil, de quien tantas anécdotas solía escuchar. En el contacto con tales versos, empezó a perfilarse su propia vocación literaria, la que recibió un nuevo y vigoroso impulso cuando –ya adolescente de dieciséis años– escuchó, con su amigo Nicanor de la Fuente (Nixa), una conferencia de Valdelomar en el Teatro Dos de Mayo.  

En el proceso de la poesía lambayecana, Juan José encarna el rechazo del tema exótico y la insurgencia de la “patria chica”. Su canto recoge el palpitar del alma chiclayana y lo traduce con ternura casi mística. Bardo enamorado de cada rincón de su pueblo natal, en su verso hallan amorosa expresión lírica: la Catedral y la casa hogareña, el hospital y la cárcel, las calles y la campiña, la fauna y la flora nativas, así como el habla y las costumbres peculiares de nuestra ciudad.

El paradigma poético de Juan José  es un verso accesible al pueblo. Por eso forja su instrumento expresivo, no en la exquisitez y el preciosismo de los modernistas, ni en la penumbra cargada de sugestiones de los simbolistas: lo hace en el nivel del lenguaje cotidiano. De ahí el entretejido de refranes y giros populares, de reduplicaciones y anáforas, de juegos paronomásticos y aliteraciones. Estos elementos le comunican a su poesía frescura, espontaneidad, sabor nativo. 

La añoranza de Juan José solía instalarse en el Chiclayo de la primera mitad del siglo pasado. A la sazón, cuando se venía a nuestra ciudad, lo primero que se divisaba era la Catedral. Luego iban emergiendo las casas en su entorno, cual polluelos que acuden a cobijarse bajo el ala materna. Y esa imagen de un pueblo cuya vida transcurre en torno a su templo,  palpita en su poema  Mi Catedral, del que extraemos estos  versos:

“¡Oh, mía catedral la de mi pueblo!, 

¡Oh madre catedral!, ¡Oh madre!

 Chiclayo sufre, pena, crece y sueña

 al pie de ti.

Chiclayo cobra, paga, vive y muere

 al pie de ti.

 Mi pueblo ama

al pie de ti.

 Mi pueblo sabe, ignora, calla y reza

 al pie de ti.

Chiclayo canta y llora

 al pie de ti”.

Juan José Lora –víctima de la persecución política– sólo podía retornar  al terruño en forma clandestina y por lapsos muy breves. De cuán dolorosas fueron esas ausencias y cuán emotivos esos reencuentros, dan testimonio muchos de sus versos, como éstos:

“En el patio de mi casa,

de niño sembré un  jazmín

 que  dio su sueño aromado

 a Pedro, Sancho y Martín.

 

Más tarde, entre los senderos,

lejos, pero cerca al fin,

cuando me olía a Chiclayo,

 me olía a jazmín, jazmín

 

 Regresé para contarle

los cuentos de quién es quién:

no encontré casa ni patio

 ¡y el jazmín se fue también!

 ¿Que  no estás? ¿Que no perfumas?

 ¡No importa! ¡Yo estoy aquí!

 La noche prende jazmines:

 Me estás aromando así”.

(En el patio de mi casa).

 En 1934 fue desterrado a Chile, junto con Ciro Alegría y Luis Alberto Sánchez En ese país contrae nupcias con la dama Ana Cortínez, con quien tiene tres hijos. En 1940 experimenta un dolor inmenso cuando, al cruzar una avenida de Santiago, uno de sus niños, muy tierno aún, se le suelta de la mano, corre  y es atropellado por un automóvil. En los brazos de Juan José, su retoño agoniza, muere. Esta experiencia  torna a nuestro poeta más introvertido, triste,  ausente…Un lustro después, durante el breve paréntesis democrático de 1945 a 1948, Lora retorna a Chiclayo y dirige el  combativo periódico “Hechos”. Empero, tras la imposición de la dictadura del ochenio, tiene que volver  a la clandestinidad. En 1955 aparece el libro Chiclayo de Juan José Lora.

Evocando la generosa y fecunda trayectoria de Juan José, la revista “Vea” de Santiago de Chile (17-11-1952) lo calificaba como “un magnífico redactor, poeta y cronista de la más pura estirpe”. Y un diario limeño, en una nota póstuma, comentaría nueve años después, que Lora, “combatiente de la libertad de prensa, se ofreció sin reservas para dirigir “Hechos”, el diario chiclayano fundado en la clandestinidad por Luis Heysen el  4 de febrero de 1934”.  “Reconocimiento y gratitud al poeta Juan José Lora que, de 1946 a 1948, supo interpretar a su pueblo contribuyendo una vez más a la causa de la libertad. Al poeta le cupo el honor de ir a las prisiones y el destierro por conservarse leal al pueblo para construir una Patria libre, con pan, vivienda, tierra y cultura para todos los peruanos”. (“La Tribuna”, 10 y 11 de setiembre de 1961).

Nuestro combativo poeta, además de sus destierros, sufrió prisión en Lima y también en su terruño. Llegó a ocupar la misma celda en la que, decenios atrás, su padre, don Juan de Dios Lora y Cordero, había sufrido cautiverio, también por enfrentarse a la dictadura en defensa de la democracia.  Juan José –adolescente entonces– le llevaba el almuerzo cotidianamente. Años más tarde, el poeta, desde su celda,  ve que  su hijo llega con el portaviandas. La escena le recuerda  aquella de antaño y escribe estos versos:

“Esta es la cárcel en la que a la hombría

  de mi padre llegué, portando un fiambre.

 La celda de mi padre ahora es mía

 y su hambre padecido vuelve a mi hambre.

 

 Está en el mismo sitio. Viene hoy mi hijo

con la inocencia de su portaviandas;

 como ya siente mi hambre es más que fijo

 que el nieto venga a completar las tandas.

 

 Torno a mi cárcel y el mismo hambre encuentro.

 Mía es mi libertad por padecerla,

 presa por fuera y presa por adentro.

Si destapan mi vista, podrán verla”.

 (Mi cárcel).

Durante sus forzadas ausencias, Juan José Lora soñaba –o fantaseaba– imaginarios retornos a Chiclayo. Pero a veces el sueño distorsionaba su quimera: la ciudad –como su poeta– se afantasmaba, cual espejismo al que va diluyendo el esfumino de la soledad. Lo advertimos en versos como éstos:

“Este era el triste caminando alegre

 por el pueblo sin calles, casa entera.

No estaba en el balcón la primavera

 y él la silbaba para que saliera.

 

Seguía el triste caminando alegre,

 puso su pena en linda pajarera,

mas, chiroque, rebelde a su manera,

 murió sangrando miel algarrobera.

 ¿Cómo era el triste caminando alegre?

 Era un fantasma de bendita cera.

 

 ¿Ya no es el triste caminando alegre?

 Sí lo es: ¡Yo soy! .Y me sabrá quienquiera

 baile con su alma, sola y compañera,

 esta nostalgia que se me atondera.

 

.Yo soy el triste caminando alegre,

 que canta por Chiclayo en esta espera

 –universal retorno y prima vera–

 por si Chiclayo desapareciera”.

El sábado 9 de setiembre de 1961, a las cinco de la tarde, .aquel fervoroso trovador de Chiclayo, parte a la eternidad. Alejandro Arias pronuncia el homenaje póstumo en el  Presbítero Maestro de Lima. El periodismo nacional  y el regional (“El Comercio”, “La Prensa”, “La Tribuna” de Lima y “La Industria” de Chiclayo, entre otros) destacan sus atributos literarios, cívicos y periodísticos. Dolidas notas póstumas de Luis Alberto Sánchez, José Miguel Oviedo,   Mario Castro Arenas,  A. Tauro del Pino,  Nixa, Andrés Townsend, Ricardo Miranda Tarrillo,  Luis Heysen,  Jorge Luis Recavarren, entre otros.

José Miguel Oviedo escribió: “Juan José Lora realizó una extensa vida literaria, quizá injustamente poco conocida, aunque su figura de poeta romántico fuese familiar en muchos ambientes literarios…La gracia musical del verso, la frescura de su visión telúrica, el latido sencillo y sincero que lo acompasan,  hacen de  Con sabor a mamey un libro que rebosa cordialidad, amor y finura”.

Y Luis Alberto Sánchez comentó: “Juan José escribía poemas de terrible angustia… Nunca le oí una queja. Si alguien lo hería, él lo bendecía franciscanamente… Años después, como nos habíamos separado a causa de cierta incomprensión, nos mirábamos sin saludarnos. Un día, conmemorándose el cuadragésimo aniversario de mi vida de escritor, hubo un homenaje. Mi sorpresa se tornó en emocionado ahogo, cuando vi a Juan José subir al estrado y decirme, como quien dice lo que no importa: Tenía que estar contigo aquí’  Nos abrazamos con uno de los abrazos más íntimos, alegres y dolidos que he dado en toda mi existencia. Gratitud y admiración al mismo tiempo… porque ser generoso es algo que se está olvidando no sólo en el Perú sino en toda la Tierra”.

En 1962, el chiclayano Juan Mejía Baca, editor y promotor de cultura desde su legendaria librería de Azángaro en Lima, publicó el poemario póstumo de Juan José: Sabor a mamey.  Ha transcurrido medio siglo y aquellos versos de chiclayanismo entrañable no han tenido una nueva edición. Ni se ha rendido al ilustre bardo el homenaje que se merece.

* Luis Rivas Rivas

Profesor Principal de la USAT.

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