¿Cuál es el rol del humanismo en la vida personal y profesional del docente universitario?

Por: Mgtr. Fernando Cubas Benavides
Director del Dpto. de Ciencias de la Salud USAT

El humanismo se define como la doctrina o actitud vital basada en una concepción integradora de los valores humanos, ésta sería una de sus realidades porque la otra realidad del mismo concepto es la que señala el profesor Kurt Spang1: “el humanismo como período histórico europeo que, según el país que se considere, se sitúa entre los siglos XIV y XVI y cuyas aspiraciones se centran en una nueva valoración del hombre y de su relación con la filosofía y las artes clásicas. Su característica más destacada es la actitud antropocéntrica y una mayor independencia frente a la religión y la Iglesia”. El otro término es el humanista, referido a la persona instruida en letras humanas.

Entonces el humanismo en la enseñanza universitaria nos permitirá tener personas, profesores y futuros profesionales capaces de hablar bien, con conocimiento y respeto de la verdad y el bien común. Dice el profesor Rafael Alvira1: “todo lo humano se integra en el humanismo. La objetividad y la especialización son necesarias y son completamente humanas, pero solo son una parte. Lo cual significa que cada uno es humanista a través de y junto con su mundo especializado. Quien no cuida la lengua –sea profesor o no- ni el detalle estético, no atiende al interior de su persona y de las personas que trata; se desentiende de la sociedad; no ama la verdad y su búsqueda; no procura ver las cosas en su profundidad y en su simbolismo, no es humanista. Uno que se esfuerza, por el contrario, en atender a todo ello, sí que lo es”.

Las definiciones anteriores nos permiten afirmar que sin humanismo no puede haber sociedad porque no seremos capaces de lograr el autoconocimiento, no tendremos una visión amplia de la realidad, nuestro lenguaje será precario, no podremos comunicarnos adecuadamente, hacernos entender. Es decir, sin el humanismo no habrá sentido común ni buen aprendizaje.

Actualmente no se puede negar que la Universidad, como institución, está pasando por una época de crisis y que para algunos -como el profesor Alejandro Llano2 denomina- es un tiempo “de luces y sombras”, porque parece -por el lado de las sombras-, como si a nadie le interesara hablar o investigar sobre la naturaleza propia de las cosas, la búsqueda de la verdad, no se promueve el intercambio de ideas, el diálogo intelectual, no se fomenta ya el espíritu crítico (aquel que enseña a tener la capacidad de enjuiciamiento general, de reflexión, y no el que sirve solo para quejarse), sino que -por el lado de las luces- se valora más la información y el conocimiento, la formación técnica o especializada de las personas que deben “desarrollar” sus competencias de acuerdo a lo que el mercado laboral exige.

Podemos darnos cuenta que se ha perdido el fin principal para el que aparecieron las Universidades como instituciones que encaminan el progreso del saber con originalidad,  y donde la persona representa la única fuente capaz de innovar y perfeccionar el mundo que nos rodea a través de su inteligencia y voluntad, para lo cual la Universidad debe ser el lugar donde se le exigirá educación en virtudes y valores, será el espacio adecuado donde pueda pensar y reflexionar, desarrollar sus capacidades mentales superiores, con libertad, con originalidad, en suma, le ayudará a crecer más como persona, como profesional y le permitirá conseguir la excelencia.

Las mismas dificultades y desconocimiento de los objetivos principales en la formación personal y profesional vienen ocurriendo en las Universidades de nuestro país,  y es que es una realidad de nuestra sociedad actual profundamente polarizada y segmentada, a pesar de la globalización en parámetros de productividad, crecimiento y desarrollo, no deja de extrañarnos y sorprendernos la conducta individualista, aislada y relativista asumida por la mayoría de las personas, frente a sus congéneres y frente a sí mismos. Y esto ha llevado a vivir la época en lo que todo es posible, todo se puede hacer, pues mientras sea legal: no hay problema. Además debemos agregar el desbordante desarrollo tecnológico y científico que va a una velocidad que nos supera, entonces la carrera profesional se valora como medio, se ha convertido en una opción de lograr progreso económico, ubicación social, reconocimiento. La vocación ya no es el impulso inicial para estudiar o ejercer la profesión o el trabajo, más la proliferación de Universidades, “filiales universitarias”, programas, especializaciones, diplomados, etc., que solo ven en la educación superior un buen negocio, permiten que existan muchas facilidades para intentar ingresar y desarrollar el estudio de una profesión o lo que fuere, de manera superficial y pragmática.

El avance tecnológico del último siglo y la incorporación de estos conocimientos al acervo  académico, son en parte responsables de haber distanciado a las personas, a los profesionales, a las familias; afectando dramáticamente la interacción humanista entre todos los que formamos las instituciones universitarias, realidad que debe ser rescatada para que se pueda seguir confiando en la Universidad sobre todo si ésta es Católica. Los avances en el campo de la investigación científica, también producen un efecto negativo en quienes la desarrollan sin considerar la diferencia que hay entre lo que se debe y lo que se puede hacer. Se considera como “verdad” solo lo que es científicamente demostrable o “estadísticamente significativo”, es decir, lo cuantitativo. En medicina por ejemplo, he escuchado con tristeza como amigos médicos dicen con mucha seguridad: “los milagros no existen” o se establecen prohibiciones en algunos servicios porque los “familiares estorban”, pero cuántos trabajos y testimonios existen ya publicados en los cuales las personas han mejorado o se han recuperado refiriendo el beneficio de escuchar a sus seres queridos o de ser simplemente escuchados o el ánimo que les trasmite el buen trato, pero es que estos son estudios cualitativos, que nos hacen pensar y reflexionar algo que no es muy “rentable” ni práctico.

Pero además ahora se establecen los rankings, y que lástima da ver la ansiedad, la inversión que se hace por “estar” en la lista, y lo que surge de inmediato es: dónde queda el trabajo bien hecho, el análisis y la reflexión en cada tarea realizada, la trascendencia del quehacer universitario, el lograr los saberes necesarios, dónde quedó el diálogo, la opinión crítica. Se piensa solo en lo que es “productivo” económicamente, estamos atentos a la “competencia”, a la oferta y demanda de estudiantes, que está mal si solo se consideran estos factores, perdemos la visión integral, el objetivo principal, el rigor académico y nos convertimos en una víctima más del sistema “moderno”, del “cortoplacismo”, donde una vez inmersos es muy difícil de salir.

Para resumir lo que está pasando en las Universidades, en el ejercicio de las profesiones en general, es la deshumanización que avanza como una plaga y que exige una reacción de parte de los directamente involucrados en el problema: profesores, estudiantes, directivos, las instituciones, autoridades políticas y la sociedad en general.

Desde hace un tiempo hay organizaciones, grupos de personas que han abordado este problema,  que intentaron y siguen intentando lograr que el Humanismo recobre su papel protagónico. Ahora hay instituciones oficializadas que abordan el tema pero que lamentablemente no profundizan o caen en la cuenta de considerar solo un lado del problema que intentan solucionar con evaluaciones, estándares, que nadie sabe qué resultado darán o que piensan que resultarán porque en otros países (con otra realidad) ha tenido algún efecto que todavía se está evaluando. Es por eso que creo que la superación está en la misma Universidad (con su propia realidad), es decir -es la forma como debemos ver y plantearnos las soluciones-, desde la formación de los estudiantes y en la formación continuada de los profesores, que en ambos casos debe ser integral (humanismo y tecno-científica), pero que principalmente debe ponerse en práctica en el desempeño profesional, en la vida diaria, porque las humanidades son exactamente para eso, unos saberes filosóficos que deben ser vividos, practicados en las facultades, hospitales, consultorios, oficinas, empresas, bancos, en la investigación, es decir, en la vida personal y profesional de todos.

Para que entendamos mejor los conocimientos humanistas pondremos algunos ejemplos prácticos: el profesor humanista no aceptará desarrollar una asignatura en la cual no está capacitado (si es arquitecto no desarrollará biología), y cumplirá con las horas que corresponden a la teoría y a la práctica, no utilizará recursos que “quemen” el tiempo: como lecturas de PPT o exceso de minutos pasando videos, tampoco recurrirá al plagio de clases o artículos porque sabrá reconocer sus limitaciones, es humilde y sencillo, más profesional. El administrador humanista no estará tentado por el dinero porque practicará la templanza, la fortaleza (no buscará su propio beneficio); el médico humanista no dará un mal trato a su paciente porque se verá así mismo, será solidario y responsable (respetará el tiempo necesario para la consulta); el directivo o gobernante humanista, sabrá lograr el orden y la paz porque será prudente, justo, y comunicativo (no será ni soberbio, ni prepotente, cualidades negativas en un líder); el ingeniero no entregará una obra inconclusa o mal hecha porque será cuidadoso y estético en su trabajo; el abogado humanista no dirá: ¿qué quieres conseguir? sino que buscará hacer lo justo; el economista humanista sabrá que el dinero es un medio y no un fin, que la economía es un actividad humana y no una pura ciencia matemática exacta, por tanto procurará lograr el bienestar común. La persona con formación en humanismo rechazará el rumor mal intencionado, el chisme, que solo degradan al ser humano porque será íntegra y veraz, también será un mejor cristiano y sabrá que en el momento de la Misa no se debe sentar como en el cine, cruzando las piernas y recostado en una butaca porque será respetuoso del Señor y sabrá el significado verdadero de la Eucaristía; y así tendríamos otros ejemplos más. 

Los saberes humanísticos como el arte, la retórica, la filosofía, la historia, etc., nos hacen más sabios, nos ayudan mucho a mejorar como personas, como profesionales y debemos convencernos de que son muy útiles para nuestra vida, de esa forma será más fácil entenderlos y asumirlos. Debemos saber más que lo que hemos aprendiendo de nuestra profesión (formación tecno-científica), por ejemplo, en medicina el Dr. Letamendi decía: “quien solo de medicina sabe, ni medicina sabe”. La condición primordial para aprender es reconocer que no sabemos algo y para eso se requiere de humildad e inteligencia. Cuando el hombre tiene más conocimientos supera sus propias fronteras, es más libre, actúa con razón y se acerca más a la verdad, además, será más culto, mejorará su lenguaje, su comportamiento (individual y social); será más profesional porque trabajará mejor y bien, es mejor padre de familia, porque sabrá esperar, tendrá más paciencia con sus hijos, aconsejará con más criterio, sabrá que amar es también respetar a los demás y principalmente a su esposa. Sabrá escuchar bien (cualidad necesaria para gobernar mejor, por ejemplo), y podrá darse cuenta que el perfeccionamiento es una constante superación.

Finalmente, he de animarlos a seguir mejorando, a leer más, a dialogar más, a escribir, a publicar, a ser más humildes, más sencillos, más sabios. Debemos proponernos tener en poco tiempo una Universidad que viva el Humanismo no solo en la teoría si no -y sobre todo- también en la práctica, logrando de esa forma ser profesores con cultura universitaria.

Referencias Bibliográficas

  1. Alvira Rafael, Spang Kurt (Eds.)(2006). Humanidades para el siglo XXI, EUNSA, Pamplona, pp. 13-25.
  2. Llano Alejandro (2004). Universidad, Verdad y Libertad. Conferencia pronunciada en el VIII Forum Internacional de Jóvenes en Roma.
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