Redescubrir el trabajo como virtud

Rector USATPor: Dr. Hugo Calienes Bedoya
Rector USAT

El profesor de sociología de la universidad de Bolonia, Italia, Pierpaolo Donati [1], en una investigación sobre como ve nuestra sociedad actual la realidad del trabajo, hace un análisis que, además de sugerente, resulta muy útil para comprender por qué en las diversas instituciones –no digamos en las del Estado- el tema de la identificación (de la cual se derivan eficacia, atractivilidad y unidad [2]) está aun sin resolver. Recurrir a diversas estrategias sin conocer la raíz del problema es solo paliativo, una aspirina.

Se pregunta: “¿Qué significado da al trabajo, en su conjunto, la civilización de la que formamos parte?”, y responde con los hechos de su investigación: “La investigación sociológica ha evidenciado desde hace tiempo una profunda contradicción: nuestra civilización tiene una actitud fundamentalmente ambivalente –y no pocas veces contradictoria y esquizofrénica- hacía el trabajo, pues lo exalta y a la vez lo envilece”.

A continuación pasa a explicar esta ambivalencia. “Lo exalta cuando ve en él la capacidad del hombre de realizarse a sí mismo, de satisfacer las propias necesidades de supervivencia, de liberarse de ciertos condicionamientos naturales, de construir, en definitiva, en cuanto homo faber, su vida y la sociedad misma. Lo envilece cuando lo considera una actividad puramente instrumental, orientada solamente al consumo, y cuando, en lógica consecuencia, se propone eliminarlo a través de la constante y progresiva difusión del denominado tiempo libre”.

El trabajo es una virtud (repetición estable de actos operativos buenos) y los clásicos siempre hablaron de la virtud como un “punto medio”, que es cumbre, entre un exceso y un defecto. El hombre, si quiere adquirirla, tiene que mantener cierta tensión interior para alcanzar el equilibrio entre la híper exaltación o el envilecimiento. Dicho en términos del día a día: saber decir basta, cuando convenga, para dedicar tiempo a la familia y a otras actividades nobles necesarias para ser mejor persona o, simplemente (si es por defecto) dedicarse a trabajar intensamente, dejando de lado subterfugios para abandonarlo e inventando múltiples excusas para perder el tiempo. En cualquiera de los casos hay que aprender a trabajar.

A muchas empresas privadas, ávidas de rentabilidad, no les interesa el lugar que ocupe el trabajo en la vida de las personas; son ‘prácticos’: rindes o te vas. Los exigentes horarios (¿antihumanos?) impiden cualquier plan personal o lo reducen a los días libres. Las empresas públicas, del Estado, son numerosas las que parecen “casas sin amo” y el rendimiento exigido es el de la burocracia del horario y de la rutina de los procedimientos, mientras se cumplan, todo va bien; y resulta difícil en este ambiente aprender a trabajar “mucho y bien”.

¿Qué es lo que interesa, en definitiva? El trabajo no pasa de ser un bien instrumental, pero instrumental para algo grande: cooperar con el Creador en hacer el mundo y con ocasión del mismo, hacerse como persona. Realmente lo que interesa es crecer como persona, que es equivalente a crecer en virtudes.

Si el trabajo es lo que llena el día de las gentes y del ejercicio de esta virtud depende la realización personal, tiene que haber una especial atención, que es preocupación, por adquirir el buen hábito (en base a repetir acciones) de trabajar, al margen de dónde y en qué se labore: trabajar sin atolondramientos, con serenidad y a la vez con celeridad; cuidar los detalles, que en eso está la diferencia entre un buen y mal quehacer; acabarlo con perfección; ver la manera de capacitarse, no para hacer currículo, sino para ser más profesional en la tarea que nos ocupa, sea socialmente relevante o no; llenar las horas productivamente y estar vigilante consigo mismo para no caer en la trampa de los “minutos libres” (sumados termina siendo un tiempo valioso) para un break cuando no corresponde, etc. En resumen: diariamente hay que emprender el reto de la calidad y de la cantidad: trabajar mejor, y más, que el día anterior.

A la diversidad de trabajos corresponde diversidad de disposiciones interiores y exteriores. No es lo mismo la preparación previa de un profesor que debe dictar unas clases, asesorar unas tesis o hacer un trabajo de investigación que la de un expendedor de boletos. En todos los casos se exige esta preparación como condición para el correcto rendimiento. Toda ocupación es siempre un servicio y los demás, porque están en su derecho, piden que sea óptimo.

[1]P. Donati, Prof. Sociología, Univ. de Bolonia, “El Significado del trabajo en la investigación sociológica actual…”, Romana, n. 22.
[2]P. Ferreiro, M. Alcazar, “Gobierno de Personas en la empresa”, PAD-UDEP, Ed. Ariel, Barcelona, 2002