Planta 9 Revistas volumen-01

07-Transformaciones

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INTRODUCCIÓN

Ante el impostergable paso del tiempo y las diversas circunstancias de conservación, las edificaciones limitan su ciclo de vida y esto es lógico de entender ya que la arquitectura, como cualquier objeto material, es efímera; es decir, independientemente de la escala temporal, toda edificación es proclive al desgaste a largo plazo, una interminable lucha entre forma y función que puede acabar en su propia destrucción. “Como un anticipo de lo inevitable, cada vez que una obra deviene en ruina es el simple aperitivo de la frágil eternidad de todas ellas”. Sin embargo, nada desaparece del todo, una especie de ley de Demócrito y de esto hace eco la arquitectura a través una de sus características más inherentes, la transformación, aquella que establece el principio de continuidad de toda construcción,donde “lo que varía y lo que permanece difuminan sus límites y se disuelven unos en otros, fascinados por esa mezcla de discontinuidad y continuidad que da forma a la transformación” Este principio trae implícita muchas acciones que bien podría ser resumida en una constante metamorfosis de canteras e incluso en la alteración de edificaciones, “en cualquier caso, hablar de transformación implica aceptar el hecho de que partimos de algo preexistente, de algo que a la vez que se transforma, mantiene algunas invariables como elementos de continuidad”.
Esto determina a la arquitectura como una obra abierta, disponible al cambio, sin un final determinado, incluso se puede decir que salta tiempos a través de su intercambiabilidad, en algunos casos evoluciona como la memoria ampliada de una cultura específica, en otros, lecturas desplazadas de su contexto original e incluso en la reorganización de la materia que la compone. La obsolescencia y el desgaste son parte fisiológica en la vida de todo edificio y por tanto la capacidad de buscar nuevas oportunidades es imprescindible para su supervivencia.

Transformar un edificio existente a través de múltiples acciones, aun estando en mal estado de conservación, en lugar de demolerlo, sino más bien aprovecharlo espacial, estructural y hasta simbólicamente, fortalece la identidad de las ciudades, conserva la memoria y complicidad que los habitantes tienen con ella. Si consideramos las diferentes fases y cambios que pueden ocurrir a cada momento en un proyecto, inclusive su propia muerte, tal vez dejaríamos de pensar en la arquitectura como un estado final inmutable y empezaríamos a proyectar procesos materiales y su gestión en el tiempo, también su deterioro, desaparición e incluso alguna actuación posterior de reciclaje. Todo esto nos permitiría integrar lo impredecible, incierto, no como algo de lo que nos tenemos que proteger, sino como un material con el que podemos trabajar. “La caducidad de una vida tal como la conocimos puede dar paso a otra a través de la oportunidad de reutilizar la materia desechada, pero en tanto que una ruina es una perturbación del recuerdo, sería posible además la asimilación de conceptos trasladados de una a otra, como el tiempo, el espacio o el significado”.

Históricamente, el entorno construido ha reconfigurado su morfología o funcionalidad con fines prácticos derivados del aprovechamiento de esfuerzos con objetivos simbólicos. La forma y procedimiento para reutilizar lo prexistente ha sido definido por corrientes de pensamiento en los distintos periodos históricos, la decisión sobre que y como intervenir estructuras prexistentes pasa necesariamente por la instancia ideológica. Existen muchos casos notables como el Partenón, construido entre los años 447 a. C. y 432 a. C. en la Acrópolis de Atenas. Dedicado a la diosa griega Atenea, a la que los atenienses consideraban su protectora, fué posteriormente convertido en iglesia bizantina, luego en catedral católica y al final en mezquita, hasta que en 1687 un bombardeo veneciano prácticamente lo destruyó. O el caso de muchas estructuras en américa latina edificadas durante el virreinato las cuales resultaban obsoletas material o funcionalmente, por cambios en necesidades. Numerosos ejemplos de conventos fueron transformados en cuarteles, templos en almacenes, palacios en vecindades, haciendas en fábricas y otros muchos casos , o quizás un pensamiento más contemporáneo: “No derribar nunca, no restar ni reemplazar, sino de añadir, transformar y utilizar siempre” . Una actitud que lleva a este equipo de arquitectos a cuestionar la necesidad misma de toda acción en un intento quizá de volver a empezar desde el principio, de devolver una cierta naturalidad o normalidad al papel de la arquitectura y del diseño en la ciudad y la vida cotidiana.

Existen tres componentes que se configuran como planos paralelos permanentes en la operación de transformación de un edificio, cada uno con roles diversos e importancia variable pero difícil de eludirlos en algún momento del proceso de análisis o gestión de una obra: temporalidad, materialidad y lugar. La temporalidad como una acción natural del devenir histórico, el desgaste o su propia condición perecedera, es indesligable a toda transformación actuando como huellas que denotan una historia, quizás la memoria de un proceso evolutivo de la propia materia desde su propia cantera hasta adquirir nuevos significados y matices. La materialidad, como parte tangible de la arquitectura, que ha ido formando cíclicamente las ciudades que habitamos. En algunos casos extremos, tras la inevitable acción del desgaste, desastres naturales o por otros motivos, los edificios son derribados, descomponiéndose en fragmentos, siendo a veces reciclada para nuevas composiciones formales, heredando por así decirlo “la energía que contenía originalmente”. Y el lugar, como soporte espacial de toda acción arquitectónica que influye directa o indirectamente en la composición de la misma, aportando a través de sus valores naturales, históricos, culturales, paisajístico y artísticos.

Temporalidad

“El día en que una estatua está terminada, su vida, en cierto sentido, empieza. Se ha salvado la primera etapa en que, mediante los cuidados del escultor, la ha lleva¬do desde el bloque hasta la forma humana, una segunda etapa, en el transcurso de los siglos, a través de alternativas de adoración, de admiración, de amor, de desprecio o de indiferencia, por grados sucesivos de erosión y desgaste, la irá devolviendo poco a poco al estado de mineral informe al que la había sustraído su escultor”
Toda manifestación arquitectónica es una especie de registro de vida colectiva, un modo o estilo de existencia que suele compaginarse a través de un proceso de superposición de capas culturales que hablan del hombre en el tiempo. De esta forma cada pieza que compone un edificio intenta contar una historia que puede darnos luces de determinados rasgos y técnica donde el tiempo participa activamente a través de la entropía, el desgaste, o su misma condición efímera moldeando su materialidad.
La línea de tiempo relacionada a las constantes trasformaciones que experimentan las edificaciones data de épocas inmemoriales. Con el transcurso de diversos periodos, los argumentos para transformar edificaciones precedentes han sido concebidos por corrientes de pensamiento de diversas fases culturales. Sucesión de hechos cronológicos basados en las circunstancias de ciclos culturales diversos, los que han configurado las mutaciones de los edificios con los años. Un importante referente fue el desarrollo urbano pre hispánico de casi todo el continente americano, mediante el cual, los centros ceremoniales y gran parte de las ciudades eran transformadas por superposición de etapas constructivas; palacios, templos ceremoniales y plazas eran cubiertos por nuevas estructuras en base a diversos criterios. Aunque generalmente su uso no cambiaba, su transformación física era notable.
Por mencionar uno, la compleja morfología de aproximadamente 210 metros de altura del templo pre incaico denominado “Huaca del Sol” es el resultado de un largo proceso de transformaciones en un periodo de tiempo de 600 años aproximadamente, realizadas a través una sucesiva superposición de plataformas o edificios, uno encima de otro, como lo describe Canziani “Por lo menos seis grandes eventos de remodelación nos ha permitido aproximarnos al conocimiento de una compleja secuencia arquitectónica, en la que se superponen una serie de edificios que tienen una identidad y vigencia propia”.
Estas remodelaciones suponen que lo más sustancial y determinante era la regeneración de la arquitectura del edificio, lo que trae como consecuencia necesaria el enterramiento de su antecedente.

fig. 01. Huaca del Sol, Trujillo. Cultura prehispánica Moche.

Debido a la gran envergadura que representaba la construcción de cada nivel superpuesto; el enorme volumen de material empleado, el despliegue de una numerosa fuerza de trabajo, la participación de diversos especialistas , entre otras cosas; se deduce la hipótesis, según José Canziani, de que cada superposición no respondían a causas circunstanciales o al desencadenamiento de fenómenos naturales, sino que debieron responder a ciclos de carácter calendario – ritual donde el desarrollo y ejecución de esta obra pública estaba previamente planificada.

A la llegada de los conquistadores europeos los procesos de trasformación basados en la regeneración y reutilización se modificaron radicalmente, aunque obedecían a razones prácticas y cuestiones ideológicas, gran cantidad de templos y conventos españoles se edificaron sobre plataformas religiosas prehispánicas para aprovechar los emplazamientos destacados con superficies ya consolidadas. Un caso emblemático es la casa para los religiosos de la orden de predicadores o convento Santo Domingo, ubicado en el Cusco, considerado por algunos cronistas el primer convento dominico del Perú. Las constantes transformaciones que experimentó el recinto religioso tienen un preludio enraizado en las primeras culturas andinas peruanas, ya que, diversas piedras encontradas muestran la técnica venida de la cultura pre incaica Tiahuanaco, como es la traba de sillares por medio de llaves de bronce, procedimiento constructivo que denota un horizonte arqueológico más antiguo. El Dr. Chávez Ballón en su obra titulada “El Templo del Sol o Qorikancha”, aporta un comentario sobre sus orígenes: “(…)se remonta a la fundación del Cusco por Manco Cápac, quien edificó una pequeña casa como vivienda suya, aproximadamente el año 1200 de nuestra era, posiblemente sobre las ruinas de una construcción pre-inca, denominada según algunos cronistas, Waricancha”.

En virtud a lo mencionado por Chávez Ballón, el Coricancha se erigió reutilizando las ruinas de una antigua edificación preincaica sobre la plataforma más elevada que originariamente debió estar protegida y rodeada de un muro perimétrico de piedra labrada inclinado hacia el interior, siguiendo las líneas del límite, y la topografía, este muro en tres de los cuatro lados forma ángulos casi rectos, a excepción del muro oeste que sigue la topografía del terreno y que al unirse con el norte forma una línea curva. La altura promedio es de seis a ocho metros dependiendo de los desniveles en el terreno. En el interior del muro perimetral se ubicaban cinco recintos o capillas alrededor de un patio central. Con el pasar de los años y al ser entregada a la orden católica, se construye la Iglesia y Convento Santo Domingo, reutilizando los muros incas como cimientos y el antiguo patio central como el primer claustro del convento conservando los recintos incas existentes alrededor del patio. Es notable sin lugar a duda la utilización de hasta tres arquetipos tan diversos como opuestos, pero tan imbricadas que consiguen aparentar una sola unidad. Composición contradictoria pero que sirve como recurrente de toda arquitectura. Lo destacable del complejo religioso yace en la suma de periodos históricos y culturales en un solo lugar. Así, se pueden ver superpuestos en un solo muro, base pre inca, muro inca, decoración y techo colonial.

fig. 02. Esquema de etapas constructivas. Convento de Santo Domingo o Coricancha, Cusco

Aunque en algunos casos se pone énfasis en el periodo inca, la riqueza del lugar estriba en la superposición cultural y el mestizaje de estructuras y muros entrelazados producto de un largo proceso de transformaciones originalmente insospechadas. Similar característica de transformación experimentó la ahora iglesia San Juan Bautista, ubicada en la ciudad de Ayacucho (Perú), construida en el siglo XV sobre el antiguo centro administrativo Inca, con una extensión de 2km2 aproximadamente y muchos casos más a lo largo del continente americano. Por diversos motivos, los siguientes años, algunas edificaciones atravesaron una época de obsolescencia, pero la tendencia a construir sobre lo construido continuó. Existen numerosos ejemplos de conventos y templos transformados en cuarteles o almacenes, entre otros. En algunas oportunidades y por continuidad de conocimientos técnicos y edilicios, en aquella época, casi toda adaptación era compatible con lo preexistente, prolongando de ese modo su vida útil, en algunas ocasiones introducían nuevos elementos a los espacios existentes.

Es a partir del siglo XX aproximadamente, que la transformabilidad de edificios basados en la reutilización presenta grandes cambios con la aparición de nuevos materiales y sistemas constructivos, a esto se le suma la explosión demográfica y el surgimiento de nuevos géneros de edificios. Con ello se produjo la ruptura de porciones significativas del tejido urbano, dado que las preexistencias no tenían capacidad física de absorber obras emergentes. Las dimensiones, comportamiento estructural y sobre todo los programas arquitectónicos, implicaron tal grado de transformación que resultó más práctico destruir que reutilizar. Esta condición se complicó con el surgimiento del movimiento moderno, soluciones urbano – arquitectónicas completamente novedosas que convalidaron la sustitución de sistemática de edificios y contextos históricos.

fig. 03. Coricancha-Convento Santo Domingo-Cusco.

Materialidad

“Todo proyecto es una metamorfosis de la materia”

Lo que pretende la arquitectura es darle significado a la materia a través de un proceso de conversión y resiliencia relacionados al hábita. Desplazar, reordenar, reagrupar, reutilizar entre otras, son la génesis del espacio que fueron evolucionando en técnica con el pasar del tiempo. Tras el suceso de la segunda guerra mundial, la más destructora de la historia para algunos, los países de Europa y en especial Alemania, asimilaban un panorama físico devastado. Ciudades que en un corto intervalo de tiempo habían aplastado un milenio de cultura y arquitectura, como lo narra el historiador británico Lowe en su libro “Continente salvaje”, centrando su narración en los años posteriores a la guerra. Sin embargo, con esfuerzo esperanzador y pujante, Alemania, supo sobreponerse superando la carga del pasado con acciones austeras relacionadas al desplazamiento y reordenamiento de la materia. Durante la época de recuperación urbanística de Berlín, grupos de personas trabajaban buscando entre las ruinas materiales que puedan ser reutilizados para la reconstrucción.

Literalmente mujeres de los escombros del alemán Trümme , fueron las mujeres que, tras la Segunda Guerra Mundial, se dedicaron a limpiar y a reconstruir las ciudades alemanas mediante la reutilización de los escombros de los edificios bombardeados, el trabajo principal consistía en desmontar los restos de edificios y se llevaba a cabo con grúas manuales o picos, donde rara vez se utilizaba tecnología avanzada. Formaban una fila que empezaba directamente sobre las ruinas de un edificio y se pasaban los ladrillos de uno en uno hasta llegar a la calle donde otro grupo les quitaba el mortero sobrante. Lo que no se podía utilizar, se amontonaba a un lado para luego ser recogido por camiones y así poder rellenar cráteres o ser molidos y reciclados en nuevos ladrillos. El resto iba a parar a montañas artificiales de escombros en las afueras de la ciudad.

Es así como va renaciendo Berlín y muchas ciudades europeas, en una clara actitud austera y pragmática, a través de la reutilización del material de edificaciones destruidas irreparablemente o de montículos de derribo, reordenaban sus piezas con una visión futurista. “Berlín oriental reutilizaba los ladrillos servibles ya resanados que se emplearon para levantar los palacios del pueblo, bloques de viviendas que ocultaron su descarnada materialidad revistiendo con estuco e impostas”. Una acción propia e inherente a la arquitectura, “deformar la tierra una y mil veces, desplazando la materia de un lugar a otro”, explicaba el profesor Juan José López en clase del MCAS , mientras narraba casos análogos a los ocurridos en Alemania.

fig. 04. Trümmerfrauen trabajando en Berlín.

El lugar

“Una de las pocas certezas que tiene hoy la arquitectura sobre el contexto es esta: si una obra no se ocupa del lugar, ya se encarga el lugar de ocuparse de la obra”

Los diversos arquetipos construidos a lo largo del tiempo en el departamento de Lambayeque, establecieron su campo de acción en función de los retos y aspiraciones de las sociedades de aquel entonces, desde aquello han acumulado capas de historia que hoy en día configuran su territorio. Numerosas edificaciones construidas en distintas épocas están esparcidas a lo largo de todo el departamento, cada una de ellas responde a diversos contextos socio culturales. Sin embargo, pareciera que no todas fueran consideradas parte de su memoria o tuvieran el mismo grado de importancia. Existen mucha información y normas de conservación del patrimonio prehispánico y colonial, pero pareciera que edificaciones contemporáneas carecieran de cierto peso histórico para ser consideradas como bien cultural y mucho menos ser consideradas parte de su patrimonio histórico, esto es deducible si observáramos a simple vista el nivel de abandono de cada uno de ellos. Un caso notable son todas aquellas edificaciones erigidas durante la época industrial, y es que en el Perú existe una marcada diferencia cuando se habla de patrimonio histórico, las razones son diversas, pero es notorio que hablar de patrimonio industrial, salvo referencias puntuales “No representa alguna forma de discurso institucionalizado ni mucho menos cultura cotidiana interesada en reconstruir permanentemente su propia memoria”. . En principio porque patrimonio es un hecho cultural inmaterial, creado por nuestra conciencia y que puede adquirir materialidad. Sirve muchas veces para reconocernos e identificarnos en un determinado lugar. La época industrial en Perú está ligada al concepto de sociedad productiva. Nada que haga a una sociedad en términos de producción debe quedar al margen de ser recreada como memoria viva. Lambayeque es muestra palpable de esta realidad deficitaria, muchas edificaciones aún existentes como la ex fábrica de azúcar de Cayaltí atraviesa largos periodos de obsolescencia y abandono. En general la época industrial a determinado una capa trascendente en la historia del Perú, una época definida por una sociedad adaptándose a los retos que la industria imponía, grandes masas de gente, la utilización de nuevas tecnologías, nuevos materiales forman hoy en día parte de su patrimonio.

fig. 05. Antigua fábrica de azúcar de Cayaltí – Chiclayo

Memoria productiva industrial
La obra de Richard Long, “A Line Made by Walking – 1967” aquella simple línea a campo abierto creada por la acción de caminar resume perfectamente lo que sucede en Cayaltí, y es que es notoria la huella que produjo la época industrial en la ciudad, su marca la denota una arquitectura de finales de siglo XIX y mediados de siglo XX, aquello se conserva a manera de memoria y ciertamente parece desvanecerse con el paso del tiempo, el grado de abandono y conservación de algunas de sus edificaciones más representativas da muestra de esto. Tiempo, materia y lugar son los componentes principales de cada pieza que conforma la vieja fábrica de azúcar y definen un paisaje industrial que intentan mostrar la historia de una sociedad de masas, donde la productividad fue el valor más deseado. Aquel tiempo industrial parece manifestarse en el óxido de su estructura, una arquitectura de instalaciones, de fierro fundido, donde gran parte de los espacios son ocupados mas no habitados, y aunque en la actualidad las instalaciones industriales modernas han adquirido un cierto grado de invisibilidad, este arquetipo muestra el origen de una sociedad adaptándose a los cambios que la industria imponía.

Una serie de recorridos y piezas conforman una gran estructura metálica que marcan un registro de vida colectivo inmerso en un contexto que muestra tres componentes claramente marcados, el campo, la ciudad y la fábrica. Por un lado, el campo comprendido por grandes extensiones agrícolas de donde se extrae la caña de azúcar o materia prima que posteriormente sería desplazada hacia la fábrica; la ciudad como un espacio de vida humana y contenedor de relaciones sociales compuesto por los hacendados y la parte obrera; y la fábrica como ente de producción y desarrollo. Con el tiempo y las variables circunstancias, el complejo industrial de azúcar ha adquirido nuevos significados propios de las funciones que ha ido asimilando. Inicialmente como Industria azucarera con servicios complementarios básicos y austeros, luego adicionó la producción de alcohol e implementó otra fábrica de azúcar con modernas instalaciones produciendo grandes masas de azúcar que posteriormente serian transportados en vagones hacia el muelle de Puerto Eten para su exportación e importación.

La última etapa constructiva data de mediados del siglo XX, ubicada casi al centro del complejo. Una nueva planta de procesamiento para caña de azúcar más moderna y compleja que las anteriores. Trapiche, molinos, turbinas, balanzas, condensadores, vaporizadores, mangas transportadoras algunas traídas de afuera otras ensambladas en la antigua maestranza. La composición material de estructuras y cerramiento son en mayor porcentaje piezas metálicas que tras el declive de la producción azucarera, fue consiguiendo un notable grado de abandono que hasta la fecha es posible percibir.

fig. 06. “A Line Made by Walking.” Richar Long

Intervenir sobre lo construido
Intervenir en el patrimonio exige un formato de discusión desde el que describir las sociedades y desde los que operar en ellas. No hay una posición estética ante lo existente, sólo una acción responsable de poner en uso una herencia recibida. No congelar el patrimonio sino mas bien ponerlo en carga, implica hacer un consumo responsable de los espacios heredados y de los escasos recursos disponibles, entender la arquitectura como una actividad cotidiana participada. Más conservación no debería significar ser más respetuoso con nuestra identidad, sino más bien debería significar la creación de plataformas permanentes de discusión entre ciudadanos en los que los dispositivos arquitectónicos forman parte de conflictos participados. Debemos conseguir que nuestras intervenciones sobre el patrimonio permitan el incremento de la interacción social y que, a su vez, no vaya acompañado de un incremento proporcional de los recursos comprometidos. Trasformar una prexistencia a través de múltiples acciones de reutilización supone ciertas invariables de continuidad que nos hablan de la tipología, pero no como algo de intangible intervención sino mas bien que al ser relacionada operativamente con el proyecto puede surgir como resultado del juego recíproco y de la interacción de diversos principios tipológicos, en este contexto, adquiere una gran importancia con el concepto de transformación.
La obsolescencia, el deterioro e incluso los fragmentos desechados de una obra son siempre una oportuna ocasión ya que el fenómeno de la decadencia es tan necesario como cualquier proceso o avance de la vida. Sería mejor cambiar nuestra percepción, nuestra actitud sobre un proceso que inevitablemente se evidencia con el desgaste del tiempo. Toda intervención arquitectónica debería llevar, como el ser humano, la fecha de caducidad inherente en su propia genética y entender que puede, en plena juventud, recibir la señal del fin. Pensar en que al proyectar podemos desmontar o readaptar, entenderlo como material creativo, es decir, fuente de decisiones espaciales, formales y figurativas. “Cada forma tiene una posibilidad de utilización infinita para coger cualquier función”.

fig. 07. Interior de la antigua fábrica de azúcar de Cayaltí – Chiclayo.

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Índice de imágenes

Figura 01. Huaca del Sol, Trujillo. Cultura prehispánica Moche

Figura 02. Esquema de etapas constructivas. Convento de Santo Domingo o Coricancha, Cusco

Figura 03. Trümmerfrauen trabajando en Berlín. Fuente:: Biblioteca Nacional de Austria / Interfoto.

Figura 04. Ex fábrica de azúcar de Cayaltí-Chiclayo. Fuente propia.

Figura 05. “A Line Made by Walking.” Richar Long. Fuente http://www.richardlong.org

Figura 06. Interior Ex fábrica de azúcar de Cayaltí–Chiclayo. Fuente propia.

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