Planta 9 Revistas volumen-01

04-El Resplandor del Rostro en el Espacio

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EL RESPLANDOR DEL ROSTRO EN EL ESPACIO

A Cristina Morán C.

La mirada filosófica y la mirada cotidiana coinciden en que ambas se mantienen delante de la visibilidad de lo existente.
Aunque sus conceptos asciendan a lo alto, la filosofía vuelve siempre a su primera cita con las cosas. El filósofo es un “perpetuo principiante”, dice Merleau-Ponty. Como el conocimiento del prójimo, que empieza con la atención al rostro y, tras varias vueltas, regresa a los mismos rasgos enriquecidos por la interpretación.

 

En Historias de cronopios y de famas, Cortázar hace un ejercicio que titula “Posibilidades de la abstracción”: “el lunes pasado fueron las orejas. A la hora de entrada era extraordinario el número de orejas que se desplazaban en la galería de entrada.
En mi oficina encontré seis orejas; en la cantina, a mediodía, había más de quinientas, simétricamente ordenadas en dobles filas. Era divertido ver de cuando en cuando dos orejas que remontaban, salían de la fila y se alejaban. Parecían alas”.
“El miércoles preferí (…) los botones. ¡Oh espectáculo! El aire de la galería lleno de cardúmenes de ojos opacos que se desplazaban horizontalmente”. “Mi secretaria lloraba, leyendo el decreto por el cual me dejaban cesante. Para consolarme decidí abstraer sus lágrimas, y por un rato me deleité con esas diminutas fuentes cristalinas que nacían en el aire y se aplastaban en los biblioratos, el secante y el boletín
oficial. La vida está llena de hermosuras así”.

 

Vaya. El protagonista es despedido por culpa no de sus fantasías sino de sus abstracciones. “Abstraer”, dice la Real Academia, “es separar por medio de una operación intelectual un rasgo o una cualidad de algo para analizarlos aisladamente”. Por ejemplo, la química, la economía o la matemática toman los atributos químicos, económicos o matemáticos de lo real, y omiten lo demás. Luego regulan sus métodos según la índole
del área delimitada, y obtienen resultados que atañen a su especialidad.

 

Pero ocurre que las cosas no son solo químicas ni económicas ni matemáticas. Lo existente es una unidad que el análisis de una ciencia particular divide en segmentos que, sustraídos a su contexto, se examinan con docilidad. “Particular”, en efecto, viene de “parte”. Convertir una parte en la totalidad sería, entonces, una distorsión que, llevada a lo real, le infligiría un daño atroz. Como el médico que trata enfermedades y no
personas, o el arquitecto que dibuja ignorando la geografía y la cultura del lugar.

 

Una adecuada comprensión científica, y más aún una enseñanza profesional responsable, proporcionan una visión del ser humano y del mundo que restituye a las partes el conjunto que las explica. Si toda profesión es una intervención en el entorno, solo una propuesta multidisciplinar puede preservar el semblante de los hechos. Y un semblante no tiene sentido sin un cuerpo y sin una historia. La filosofía en especial
representa, para el estudiante de cualquier carrera, aprender a reconocer las infinitas líneas que terminan y las que asimismo comienzan en el movimiento de sus manos.

 

“Entre las ciencias -dice Henri Bergson-, la filosofía es la única que no es abstracta. Cualquier ciencia considera un aspecto de la realidad, o sea, una abstracción”, en cambio, la filosofía “es la ciencia que contempla la realidad íntegra en su desnudez, sin velos que la cubran”. A la filosofía no le interesa el humano como anatomía o como racionalidad, ni la materia como objeto geométrico, ni la sociedad como algo
puramente jurídico o económico, sino el humano y el mundo como son, en su sentido esencial. Por ello, su fuente de documentación no puede ser otra que el trato con las cosas: la experiencia, que para Da Vinci tenía mayor valor que los libros, pues “quien puede ir a la fuente no se contenta con la jarra de agua”.

 

El filósofo es, en primer lugar, un gran observador. No es un espíritu que baja de las nubes, sino un transeúnte que pasa por la misma vereda que todos cruzamos. No está provisto de un órgano especial, pero en él son más intensas las sensaciones que todos tenemos. Escribe Jaime Nubiola: “los sabios ven lo que todos ven, pero piensan lo que nadie piensa”. El filósofo renueva el aire que respiramos al señalar insospechadas
honduras a lo largo de la endurecida rutina; y así, dice Ralph Waldo Emerson, “nos libera y añade nuevos sentidos”. “Cada vez que abro Los ensayos de Montaigne -confiesa Nietzsche-, me crece un ala o una pierna”.

 

Ahora, ¿cuánta experiencia es posible para un mortal? Dentro de nuestro equipaje, solo una ínfima porción de lo que sabemos ha sido personalmente vivido. Comparados con la totalidad del tiempo y el espacio, la longitud de cada biografía y el radio de cada visión cubren apenas un recuadro insignificante en la cambiante inmensidad del universo. Esa pequeñez es un destino. Pero también una esperanza.

 

Cuenta Eduardo Galeano: “Diego no conocía la mar. El padre, Santiago Kovadloff, lo llevó a descubrirla. Viajaron al sur.
Ella, la mar, estaba más allá de los altos médanos, esperando.
Cuando el niño y su padre alcanzaron por fin aquellas cumbres de arena, después de mucho caminar, la mar estalló ante sus ojos. Y fue tanta la inmensidad de la mar, y tanto su fulgor, que el niño quedó mudo de hermosura. Y cuando por fin consiguió hablar, temblando, tartamudeando, pidió a su padre: «¡Ayúdame a mirar!»”

 

Cada uno, escribe Herman Hesse, es “el punto único en el que se cruzan los fenómenos del mundo, solo una vez de aquel modo y nunca más”. Cada rostro es el signo de una mezcla interior irrepetible. No es justo despreciar lo que somos. Pero si amamos saber, no nos contentaríamos con fragmentos. El gran viaje por hacer, enseña Marcel Proust, no es a los confines del cosmos sino “a los ojos de otro”.

 

No existe, pues, sitio más natural para buscar la verdad que el encuentro. Nuestras inevitables diferencias son las que justifican y sobre todo enriquecen toda forma de intercambio: el viaje, la lectura, la conversación. Prefiero perder la vista antes que el oído, declara Montaigne, porque “no hay acción más grata en la vida que conversar”. ¿A qué vamos cuando acudimos a una muestra fotográfica, una obra de teatro
o un concierto musical, sino a presenciar la culminación de otros itinerarios de hallazgos, paisajes y emociones que nunca tendremos?

 

“Si alguien me contradice -añade Montaigne- no despierta mi cólera sino mi atención”. No basta tolerar para convivir.
Si la comunicación es el regalo de otras existencias, es más inteligente y generoso interesarse y acoger. Amar saber fomenta, en definitiva, virtudes apreciables para la vida en comunidad, así como el cuidado de los espacios que posibilitan el encuentro, es decir la aparición de las personas.

 

Finalmente, Franz Rosenzweig advierte que conversar es saber esperar, pues “mi palabra depende de la palabra del otro”.
El desenlace es imprevisible, de lo contrario se trataría de un monólogo. Esperar es escuchar, y quien escucha sigue unos gestos y ademanes. Prestar “atención” es hacer del mundo el escenario de un rostro.

 

De pronto, el café perfuma una charla en cuya trayectoria dos o más fisonomías se alumbran mutuamente, brindándose el mundo que cada una encierra a fin de habitar el único mundo sobre el cual se vive.

 

EL RESPLANDOR DEL ROSTRO EN EL ESPACIO
Víctor Hugo Palacios
Escritor y filósofo

 

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