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Reflexiones en el día nacional de la persona adulta mayor

Dra, Sofia Lavado Huarcaya – Directora de Dirección de Responsabilidad Social Universitaria USAT

La magnitud del proceso de envejecimiento poblacional y vejez –a nivel universal-, se ha instalado como un tema de agenda mundial hace más de tres décadas. Este proceso carece de precedentes y no tiene paralelos en la historia de la humanidad, se trata pues, de una realidad compleja, con consecuencias y ramificaciones profunda en todas las facetas de la vida humana y que afecta a las sociedades en general.

En esa comprensión, desde inicios de la década del 80, la Asamblea General de las Naciones Unidas invitó a los Estados miembros a considerar la designación de un día de la persona adulto mayor, con el objetivo de dedicarles mayor atención a la realización de actividades a favor de esta población vulnerable, invitación que también fue incluida en el Plan de Acción de Viena sobre el Envejecimiento (1982).

Comprometido con estos acuerdos internacionales, nuestro país declaró ese mismo año, el 26 de agosto como el Día de la Persona Adulta Mayor, en memoria de Santa Teresa de Jesús Jornet, fundadora de la congregación de las hermanitas de los Ancianos Desamparados, uno de los primeros hogares en el país que asiste a los ancianos desprotegidos en el distrito de Breña- Lima.

Desde su declaración, esta conmemoración buscó promover los derechos de las PAM, favorecer la toma de conciencia sobre el valor de la prolongación de la vida y los beneficios que de ella se puede alcanzar, e invitar también a revalorizar la imagen de la Persona Adulta Mayor (PAM) en nuestra sociedad, reconociendo el rol que le corresponde ejercer como ciudadano.

Desde las Primeras Asambleas mundiales hasta nuestros días, los diferentes gobiernos del Perú, han mostrando interés y preocupación por contar con instrumentos normativos a favor de la PAM. Inicialmente la Ley Nº 28803 – Ley de las Personas Adultas Mayores, aprobado mediante Decreto Supremo Nº 013-2006 MINDES; en el 2011 se aprobó la Política Nacional en relación a las personas adultas mayores y posteriormente dio origen al Plan Nacional para la Persona Adulta Mayor 2013 – 2017, con la pretensión que el Perú, sea un país inclusivo, más humano, donde se promueva la integración generacional, y donde las PAM sean valoradas por niños, jóvenes y adultos.

Como vemos, el Perú cuenta con basta documentación normativa que regula las responsabilidades del gobierno central, los gobiernos regionales y locales. Sin embargo, la pregunta es ¿Nuestros adultos mayores, se sienten protegidos en su día a día, por estas normatividades? ¿Cómo se beneficia nuestra población mayor con lo regulado? o tal vez, somos mudos testigos de porcentajes, cada vez, más altos de maltrato social al adulto mayor, al concebirlo con un sinnúmero de mitos y estereotipos que los muestran como personas incapaces, decadentes, pobres y desintegrados socialmente, e incluso de violencia traducida en el olvido, la indiferencia o la apatía, no solo del Estado Peruano, o las oportunidades en el mercado de trabajo, sino, principalmente en la propia familia.

Nuestra sociedad peruana, aún no logra dimensionar en su real magnitud las múltiples problemáticas económicas, políticas, sociales y culturales que se asocian a los temas sobre el envejecimiento y la vejez. La realidad actual exige abrir canales de diálogo, construir nuevos paradigmas de relacionamiento e integración óptima en el seno de una sociedad que desconoce la forma de integrar y legitimar la presencia de un número cada vez mayor de personas adultas. Necesitamos posicionarnos y sensibilizarnos para asumir una actitud diferente, frente a un tema trascendental para el desarrollo futuro de la sociedad.

Empecemos por considerar que los cambios que se producen en la vejez, no se debe exclusivamente al proceso biológico normal e irreversible del envejecimiento, sino a la combinación de varios otros factores interrelacionados, tales como, la pérdida prematura de aptitudes funcionales por desuso, la marginación social, la mal nutrición, la pobreza, etc. No podemos pensar más en la vejez como un proceso degenerativo. Es cierto que, el organismo humano experimenta el desgaste consubstancial propio de los seres vivos, pero esta disminución no significa necesariamente déficit. Si tomamos como referencia las proyecciones de la Organización de las Naciones Unidas para el año 2050, quien refiere que por primera vez en la historia, los universos de personas de 60 y más años, superarán en número a los jóvenes, y que la esperanza de vida al nacer en el Perú será de 79 años. Cabe preguntarnos ¿Qué tipo de personas mayores seremos?, con ello, es evidente que precisamos de un cambio, y un nuevo paradigma que otorgue mayor protagonismo a la persona adulta y mayor compromiso de todos los miembros de la sociedad. ¡La acción está en nuestras manos!

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