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Reflexiones antropológicas sobre la familia


Autor: César Bravo
Docente del Departamento de Ciencias Teológicas

Un hijo es un gran milagro, un don. Es un hecho que no depende de la decisión de los padres, tal es así que muchas parejas pueden llegar a esperar años para ser padres, y en algunos casos, sin lograrlo. Un hijo es una bendición, no una decisión. Al ser un don, su presencia implica humildad, responsabilidad y agradecimiento. Humildad para reconocer que no es un fruto merecido, sino una bendición generosa; responsabilidad para ser conscientes de la tarea ante la cual debemos saber responder; agradecimiento para con Dios y para con la persona que, tras la entrega amorosa, me convierte en padre o madre.

Un hijo es un ser amado en todas sus distintas dimensiones. El amor familiar es el espacio idóneo para acoger una nueva vida, puesto que no mide apariencias ni beneficios, sino generosidad pura para con todos los miembros. Nuestra familia es el lugar donde, en efecto, seremos amados por quiénes somos y no por el beneficio que podamos brindar. Sin embargo, un hijo es también un gran desconocido para los padres. Un ser, que en su misterio, es capaz de generar la ligadura más poderosa entre los vínculos familiares. El misterio radica fuertemente en que la paternidad humana no parte de ninguna necesidad natural, como la de los animales, sino de una apertura al amor, que se refleja en la duración del vínculo. La relación entre los animales y sus crías, al partir de una solicitud de su naturaleza, va desapareciendo conforme las crías logran la independencia alimenticia. En el caso humano, la paternidad, como todos los vínculos familiares, están llamados a la permanencia. Uno se es padre o madre para siempre, independientemente de la edad o condición de los hijos, la paternidad no acaba jamás.

Esta permanencia nos refiere a una tarea: la tarea de ser padres, esto es, de humanizar a nuestros hijos y permitir que ellos nos humanicen a nosotros. Uno podría llegar a pensar que un bebé no tiene nada que enseñarles a sus padres, pero la realidad es otra. Un pequeño, sin hablar ni expresarse como un adulto, solicita en los cuidados que requiere, una donación de amor de sus padres, incluso más grande, más sacrificada y más profunda que la realizada en el matrimonio. Un hijo implica amar más y mejor, y esto significa, ser capaz de entregarlo todo por su bienestar y su felicidad. Los padres son entrenados por su bebé en paciencia, en generosidad, en responsabilidad, en laboriosidad, en servicio y en muchas otras virtudes que lo invitan a crecer como persona. No se ama a un hijo como a algo elegido, sino como a un don tan grandioso, que no podría ser sino inmerecido y ante el cual vale la pena todo sacrificio.

El sacrificio es un elemento esencial del amor y sin duda lo es también del amor paternal. El hombre es el único ser creado capaz de sacrificarse a sí mismo por los demás. Este aspecto muchas veces deja de entenderse cuando somos víctimas del sentimentalismo y no somos capaces de entender que el fundamento de las relaciones no es el sentimiento sino el compromiso, que no es otra cosa que la responsabilidad antropológica que yo tengo para con otro. Los vínculos familiares nacen del compromiso y estos no se anulan por la inestabilidad de los sentimientos. Tal así que resultaría injusto decirle a nuestros hijos: “como ya no te amo, como ya no me haces sentir bien, dejas de ser mi familia y te dejo.” Este tipo de vicios en las relaciones humanas solo son permitidos por enfermedades sociales como el divorcio, que lejos de anular el matrimonio, solo concede jurídicamente la oportunidad de tener otro matrimonio adjunto al otro.

Muchos matrimonios se rompen alegando no sentir lo que sentían al inicio o algún otro motivo afectivo similar. Sin embargo, olvidan que el amor conyugal no es solo afectivo, pues uno no se casa solo por razones afectivas sino sobre todo para construir un proyecto de vida común, sabiendo que mis afectos están subordinados a este proyecto compartido.

Si un matrimonio renuncia a tener hijos, renuncia a su estabilidad como proyecto. Renuncian a crecer como familia. Si el amor de una pareja no se abre a la vida, no es un amor procreativo. El amor conyugal, abriéndose a la vida, vence a la muerte y al tiempo, no es solo un amor juvenil sino siempre actual. Cuando un matrimonio se niega a tener hijos, evidencia no amar o amar muy poco al género humano. En los últimos años, muchas parejas prefieren tener mascotas que tener hijos. Esto es como amar más a los animales que a la humanidad. Un matrimonio manifiesta el amor de la pareja a toda la humanidad representada en la familia y en los hijos que se comprometen a amar. Cada hijo que viene al mundo es una gran muestra de que sus padres aman la humanidad, celebrando el esfuerzo que implica ser padres. Cuando una pareja se une en matrimonio se entrega totalmente, incluso en su capacidad de dar vida, sino no hablamos de una entrega plena. El matrimonio es una esperanza para la familia y toda familia es una esperanza para la humanidad entera.

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