Articulos Opinión

Nuestro Primer Gran Amor

Lic. Alicia Lizet Niño Effio
Docente del Departamento de Filosofía y Teología USAT
No existe persona en el mundo que sea incapaz de reconocer un especialísimo valor a la figura materna y en particular, a su propia madre. Todos le estamos agradecidos a pesar de las carencias; le reconocemos el sacrificio a pesar de no valorarlo adecuadamente; vivimos aferrados a sus consejos aunque nos cueste seguirlos; confiamos plenamente en su sabiduría aunque nuestra rebeldía nos cierre los ojos; todos somos hijos de una grandiosa madre aunque a veces parezca que lo olvidamos.

Ella es nuestro primer amor y el amor al que siempre queremos volver. Manantial inagotable de comprensión y afecto que jamás abraza nuestras vanas superficialidades, sino que ve más allá y va más allá de nuestras apariencias para mirarnos serenamente el corazón. Se goza en nuestros gozos y sufre en nuestro dolor, pero ante ella jamás somos un título o un fracaso, un maduro o un rebelde, un triunfador o un criminal, sino simplemente su hijo.

El amor de madre no puede entenderse al margen del amor de Dios, e incluso puesto al lado suyo se ve digno ejemplo del amor de un Dios que en su perfecta paternidad, es también capaz de amarnos maternalmente. Nada nos acerca más a la comprensión de un amor divino inagotable, sacrificado, misericordioso, desinteresado, pedagógico e incondicional, que el amor que nos despide con una bendición y nos recibe con un beso a diario.
De la ausencia de este amor irremplazable nacen precisamente los dolores más profundos que una persona puede albergar en el alma. Cuando una madre falta, la casa no es la misma, la vida no es la misma, el corazón no es el mismo. Existen muchas personas que después de varios años aún lloran la ausencia de su madre. Duele de modo tan profundo que sentimos desvanecer con ella.

Este amor y esta figura incomparable nacen como respuesta lógica al corazón dispuesto a la vocación materna. Una madre goza de una valentía inexplicable manifestada a través de un gran sí a la vida. Este sí a la vida hace posible que muchos de nosotros nos encontremos en el mundo. Visto de modo profundo, cada uno de nosotros ha significado una maravillosa pregunta que Dios, de modo radicalmente íntimo, les ha hecho a nuestras madres. Quienes a su vez, han respondido con un comprometido e inagotable sí.

Cuando una mujer se sabe madre, sabe también que será para siempre. Sabe que está entregando su vida a un ser que todavía no conoce pero que ama con auténtica profundidad. Lo entiende como un don que cambia su vida para bien. Puede implicar miedos e inseguridades, pero ella se sabe dueña de una fortaleza natural y sobrenatural que no le permite sentirse sola. Una madre se sabe acompañada de Dios y de su bebé. Un Dios que le manifiesta su amor confiándole una nueva creación, única e irrepetible, con una misión que lleva en el corazón. Un bebé que se presenta como amor y como invitación a amar, a través de la entrega y el sacrificio.

La labor materna no se restringe a horarios fijos, se vuelve tu principal dedicación laboral. Muchas cosas pasan a segundo plano para que el amor tome autoridad en tu nueva vida como madre. La retribución es diaria y se paga en sonrisas, pequeños pasos, nuevos aprendizajes e inagotables muestras de cariño. Tiene dificultades y riesgos cuando está enfermo, cuando tiene alguna preocupación, cuando no ha comido, cuando todavía no llega a casa. Es una labor que agota nuestras energías pero acrecienta nuestra capacidad de amar. Es una labor que perfecciona.

Sin embargo, y frente a toda esta belleza, existen corrientes actuales que desvirtúan la maternidad, interpretándola como dependencia, aprisionamiento, sometimiento o razón de discriminación. Es triste pero común ver que muchas personas te cuestionan fuertemente frente a la noticia de un bebé. Otros hasta llegan a pensar que eres irresponsable. Existen quienes piensan en un embarazo como un accidente. Y otros que incluso se refieren a la maternidad como aquello que te hace inferior al hombre, que te esclaviza a tus hijos, que te quita libertad e independencia. Todo esto es falso y contaminante.

La maternidad es una motivación impresionante. Muestra de eso es que muchas madres logran alcanzar sus metas profesionales con una superación admirable. Son capaces de realizar su vida con total normalidad y una agregada cuota de alegría en el esfuerzo por hacer bien las cosas. Se sabe un ejemplo para su hijo, se preocupa por su autoridad moral. No deja de trabajar sino que aprende a priorizar a su familia frente al trabajo… cosa que todos debiéramos aprender.

No es casualidad que la mujer se convierta en madre. Precisamente el diseño divino de la mujer condensa todas las capacidades y requerimientos de una futura madre. La maternidad se presenta como una dulce oportunidad para expresar al máximo la inteligencia multifuncional femenina en todo su esplendor. Todos nuestros corazones han sido gestados en el calor de la maternidad. Son ellas, nuestras madres, motivo de gran orgullo, sabiduría cercana, receta inmortal, compañía incondicional, reflejo viviente, huella imborrable, abrazo incomparable, ejemplo de vida, regazo insustituible y ángel atento.

Considero injusto celebrar un día a quien nos ha dedicado su vida entera. Nuestra deuda como hijos jamás será saldada pues nunca será suficiente aquello que podamos hacer para retribuirle todo lo que ha hecho y seguirá haciendo por nosotros. Sin embargo, aunque pudiésemos retribuirlo, su corazón de madre sería incapaz de exigirlo. Este día no debiera ser suficiente para los hijos, pero maravillosamente un solo día pareciese bastar para el humildísimo corazón de una madre que dándolo todo, se alegra en los pequeños gestos de amor que su hijo pueda tener. Que este día de la madre sea para nosotros hijos una oportunidad para comenzar una vida de agradecimiento hacia nuestro primer gran amor

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