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La casa soñada.

La casa soñada.

Una propuesta imaginaria como crítica social

Víctor Hugo Palacios Cruz
Escritor, filósofo y profesor de la USAT

Sin oponerse a la calle, la ciudad y el mundo, la casa es la irrenunciable custodia de nuestra vida, puesta a salvo de las amenazas de la intemperie, y a la vez el cobijo dentro del cual respira la suma de nuestros lazos con la exterioridad.

Una casa no es una privacidad opuesta a lo público, ni un reducto inmunizado ante el paisaje. Una casa no es una ruptura del espacio común, sino, más bien, la continuación envuelta, reflexiva e integradora del humano como ser-con-los-otros y ser-en-el-mundo. Aun cuando posea un perímetro, la casa no es cápsula o caparazón sino, en cierto modo, un órgano de recepción. Un lugar propio desde el cual se captura y ordena el universo de noticias, influencias, visitas, historia local, geografía y todos los amores que nos constituyen.

La fachada de la casa es, en primer lugar, una docencia amable para la mirada del extraño, sin la agresividad del mal gusto ni la crueldad de la ostentación ni la hostilidad de la dureza. Por el contrario, objeto de la curiosidad de los niños que corren, diario aprendizaje para el andar vecino, confianza para el peatón desorientado. También por ello el límite entre la vivienda y la vía pública no debe ser un muro largo y tajante, sino un espacio intermedio y despejado, quizá dotado de un gracioso jardín o de la gentileza de un zaguán. De cualquier manera, el sendero que lleve a la puerta principal debe proponer un proceso, una gradualidad como la de la conquista de un amigo, jamás brusca sino paulatina, respetuosa e irresistiblemente atraída.

Por dentro, asimismo, una casa debe suponer otros equilibrios de acuerdo con la complejidad psíquica, la índole híbrida, el sustrato social y la libertad connaturales al humano. Una casa debe incluir ambientes holgados que alojen la comunicación, la celebración, la comida especial y la conversación numerosa, pero también rincones de silencio o de susurros en los que maduren los sedimentos de la multitud, se digieran las sensaciones, se acariñen los retornos y se sueñen nuevas partidas. En una casa deben ser posibles la reunión y el escondite, la dispersión y la contracción, la sonoridad del encuentro así como la soledad que asimila y repara.

Además, una casa debe incluir entornos para el estudio, la meditación y la creatividad favorecidos por la compañía –estimulante y prescindible a la vez– de libros, tableros, sillones y la utilería técnica y tecnológica que auxilia cualquier oficio artístico, existente o no. Así como espacios para la expansión física, el juego, el bricolaje, la práctica deportiva y
cualquier legítima y hermosa pérdida de tiempo. Una casa, en suma, incentiva una conciencia de la vida a la par que una desenvoltura lúdica y trivial.

Una casa debe plantear un balance entre zonas contrapuestas que no se interfieran y que, sin embargo, se hallen accesibles a toda hora por medio de adecuadas transiciones: además de los ambientes amplios y los estrechos, también los indicios de la naturaleza y la evidencia del artificio, las zonas iluminadas y alguna penumbra que, sin intimidar, dé una sutil bienvenida a la inactividad, la decisión, la tristeza, el perdón y los más serenos modos de la alegría.

Por consiguiente, una casa debe posibilitar el retraimiento y la cháchara, el tedio y el trajín, el recuerdo y el olvido, el descanso plácido e ilimitado y las ganas súbitas de bailar a solas o en grupo, la racionalidad de las funciones y también los llamados de lo mágico y lo sobrenatural, la exploración sensitiva en copas y cazuelas y el paseo inintencionado, papel en blanco listo para las vicisitudes de la percepción.

Ciertamente, una casa debe ser una plataforma de observación de la ciudad, el paisaje y la mudable inmensidad del cielo. Resueltos según las variables del clima y las dimensiones disponibles, los patios, ventanas, azoteas, balcones, escaleras externas y miradores retratan una morada que, aun abrazando el indispensable ensimismamiento biológico, emocional, espiritual e interpersonal, es en su conjunto una mirada de la marcha de la realidad alrededor. Las colecciones de objetos en ángulos, paredes y estanterías mostrarán algunos frutos de este hábito.

Una casa debe hospedar todas las edades, el paso de una a otra y la coexistencia entre ellas. Pasadizos, leoneras, descampados aledaños, rincones de juegos y gabinetes didácticos para la infancia. Salas de música y tecnología; recibidores confortables y amenos para la adolescencia. Recodos acogedores para las riquezas propias del sosiego de la madurez y la senilidad. Del mismo modo que comedores, salas, terrazas y otras áreas de intersección y convivencia.

Inclusive, en la consistencia sólida que proporciona innegociables márgenes de seguridad, una casa ha de tener una vida ella misma, abierta razonablemente a los intercambios, desplazamientos y mutaciones de muebles, colores y contornos. Es claro que una casa pulcra e inmutable se alejaría poco a poco de sus habitantes. Cautivos en un orden físico impasible e incapaz de reaccionar a sus itinerarios vitales, ellos corresponderán con la negligencia y el desapego de unos simples inquilinos.

El cuerpo humano envejece y se encorva sin remedio. La piel honesta se reseca al atardecer. Para una existencia crepuscular, la suave firmeza de las superficies hogareñas es un contrapeso a sus titubeos, torpezas y nostalgias. Las modificaciones y adaptaciones de la casa terminarán por fijar una constelación de sucesos señalados. Aun en sus cicatrices y deterioro, ella será la escenificación de una memoria, una antología, un relato. En su interior una mañana o una noche final, su habitante reconocerá entrecerrando los ojos su inesperado y verdadero rostro.

Al fin, la casa será tan irrepetiblemente un testimonio y una identidad que, con la irrevocable partida de sus dueños, nadie más podrá volver a entrar en ella para entenderla, poseerla y habitarla.

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