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El aula de clases, la comunidad y la vida

Víctor Hugo Palacios Cruz

Escritor, filósofo y profesor de la USAT

El profesor pasea entre las mesas su idea de que pensar las cosas es llevarlas dentro y bendecir la vida que nos las regala. De pronto alguien levanta la mano, el tiempo se detiene y el silencio también se sienta a escuchar: un muchacho cita el “Poema de los dones” de Borges como una apropiada ilustración del tema. Su palabra abre en el aire una ventana por donde los demás miramos a lo lejos.
Otro día, al recordar la infancia de Descartes, huérfano de madre en una soledad provista de libros, y el rumbo de su filosofía que renuncia a las sensaciones y a la opinión del prójimo, rendida a una razón autónoma y ensimismada, una estudiante –que tiene una hija pequeña– pregunta: “¿no será que por no haber tenido una mamá no aprendió jamás a confiar en los sentidos? Porque el cariño maternal estimula la relación con el entorno”.
Y en la última sesión un alumno, que tenía a cuestas una larga carrera militar, se pone de pie y confiesa que, viniendo de una disciplina en que únicamente cuentan los resultados y el acatamiento de órdenes, había aprendido que importa el trayecto mismo y que la pluralidad de voces no perturba sino que multiplica la comprensión.

Cualquier clase de colegio o de universidad es un suceso previsto en un horario escrupulosamente calculado por unos administrativos, pero también la ceremonia de lo absolutamente imprevisible, la desenvoltura de todos los prodigios que envuelve el encuentro entre personas. A veces, aun, la puerta del aula es el fin de desiertos que no sabíamos que veníamos cruzando. Luego, encerrados por un tiempo, nos volvemos los seres más libres por obra de una experiencia de comunidad a la que un hilo de conceptos, consultas y descubrimientos reconcilia consigo y con el mundo.

La ciudad tiene las cicatrices de la mezquindad y la desidia; el país no termina de caer zarandeado por los estropicios del poder; en opuestas esquinas de la Tierra dos gobernantes caprichosos acarician con ternura la siniestra infinitud de sus misiles; el planeta entero enloquece y pierde la hora y la medida de sus fenómenos. Pero en la más modesta de las aulas un conjunto de individuos, tan parecidos a todos los que han quedado afuera, entran, se saludan y emprenden un viaje que recrea una sociedad ideal hecha de la sintonía de los propósitos, esfuerzos y pasiones.

Entonces, la boca capta un sabor y en la mente estalla una certeza, la verdad de que ni la gravedad de las derrotas personales ni las consecuencias más lamentables de la falibilidad humana alrededor, harán perder la esperanza en la reunión de las miradas. Al fin y al cabo, los alumnos no tratan en el aula con las intrincadas estructuras académicas o con los enredos de las legislaciones, ni siquiera con los dolores y tristezas del maestro, sino con la parte más generosa y pura de su ignorada existencia. Esas flores, quizá crecidas entre las piedras o sobre el páramo, que son las historias, los argumentos y las habilidades que acude a enseñar.

¿Qué significa, a todo esto, “enseñar”? Sting, el célebre rockero, evoca sus inicios como profesor de escuela antes de dedicarse a la música y dice: “lo que sucede en una clase no es el acto de enseñar. Los niños aprenden por sí mismos. Tú estás allí solo para ser entusiasta.
Para decir «me encanta este poema»”. Pienso que, ahora que disponemos de una apabullante información gratuita e instantánea, tiene cada vez menos sentido que vayamos al aula para “impartir conocimientos”. Pero entonces, ¿qué deja todavía en nuestras manos la ubicuidad de las tecnologías? En realidad, lo que siempre ha sido nuestro: la responsabilidad de contagiar a otros esa preciosa intranquilidad que nos hace al fin humanos, y que consiste en observar, interrogar y explorar. Decía Matsúo Basho, en el Japón del siglo XVII: “no repito a mis maestros, sigo que buscando lo que ellos buscaron”.

Hacer en clase una enumeración de resultados, datos y definiciones, es arruinar un tiempo irrepetible que deberíamos dedicar, más bien, a desvelar el camino de azares, fascinaciones, ahíncos y paciencias que llevaron a esos frutos. Mejor aún, ensayar esos senderos y recorrerlos con los estudiantes. Mostrar el origen y el motivo de lo que creemos y vivimos es respetar la inteligencia del alumno, e infundir la más persuasiva autoestima que proviene de compartir los mismos ejercicios que llevarán afortunadamente a otros hallazgos.
Limitarse a dictar a un niño lo que ha de repetir o realizar es sumergirlo en una inercia de normas y prohibiciones de las que el temperamento más indócil se desatará un día, con los ademanes más violentos además. Por el contrario, dejarle avistar los hechos y razones que hay detrás de un convencimiento es permitirle ver más, darle la oportunidad de mirar lo que nosotros al aprender no alcanzamos a mirar.
Llegar a un lugar no directamente y sin cuestionamientos, sino a lo largo de la travesía de los porqués se parece, por ejemplo, a la acción de descubrir Macchu Picchu no llevados por un tren y un autobús, sino hollando los viejos y ocultos caminos que los buenos caminantes devuelven a la luz, desde donde se contemplan magníficas vistas sin duda, pero donde por igual se soporta el frío, el calor y la fatiga.
Al llegar, de evidencia en evidencia, hasta el teorema matemático, la regla gramatical, la caída de un imperio o la virtud moral, el alumno, como el caminante, no sentirá que ha recibido un saber, sino que lo ha conquistado. Y toda conquista crea permanencia, orgullo y profundidad. Así como multiplica la ambición.

Para el buen maestro, además, no hay asunto menor. De los rincones más humildes, de los objetos más comunes y de los momentos más prosaicos, la humanidad ha sacado poemas, pinturas y canciones. Como dice un verso de César Calvo, “hasta la ceniza se vuelve agua cuando el sediento la besa”.

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