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Articulos Opinión

Adviento: ¡ojalá rasgases los cielos y descendieses!

Por: Padre Sergio Giner Castro Guerrero
Capellán Mayor de la USAT

El día 9 del mes de Ab, agosto del 586 a.C., después de dieciocho meses de asedio, Nabucodonosor, rey caldeo, forzó su entrada en la ciudad de Jerusalén. Derribó sus murallas, incendió con antorchas y flechas la casa del rey y todas las demás casas de Jerusalén. El templo fue quemado y destruido; la plata de sus puertas se fundió, extendiéndose el fuego a los pórticos de madera, ventanas y fijaciones; los recipientes sagrados de oro y plata fueron saqueados y el Arca de la Alianza desapareció para siempre. «¡Cómo se ha oscurecido el oro, se ha empañado el oro más puro! Las piedras sagradas están tiradas en todas las esquinas», «¡cómo está desierta la ciudad populosa!» exclamaba el profeta Jeremías contemplando una escena tan espeluznante, sobre todo la desarrollada alrededor de la muralla, miles de cuerpos se pudrían bajo el sol, el hedor era insoportable; los asesinados tuvieron mejor suerte que los que murieron de hambre. La ciudad se consumió por el fuego, sufrió la depredación infernal de las ciudades caídas (Simon Sebag, Jerusalén).

El pueblo de Judá sangraba y expresaba su dolor, «pasa la noche llorando, las lágrimas corrían por sus mejillas. No hay nadie quien consuele a la ciudad, menos los que la amaban», y en su condición de miseria agudiza la memoria y se pregunta en su interior: ¿por qué tanto sufrimiento, dolor y humillación? ¿Dónde está Dios, acaso se ha olvidado de su pueblo y de sus promesas de protección: «¡tú eres mi pueblo y mi propiedad, tus azares están en mis manos!?».

La liturgia del primer domingo de Adviento, propone escuchar la voz profética, de otro de los testigos de tan horrendo acontecimiento: Isaías, quien ofrece una luz de comprensión donde solo se podría encontrar sin sentido, dolor y oscuridad. Reconoce que el pueblo de Israel ha despilfarrado un capital de fe y, se han provocado a sí mismos el mal: tú eras maravilloso, estabas con nosotros, pero ahora «somos como impuros todos nosotros, y nuestras culpas como el viento nos llevaron. No hay quien invoque tu nombre, quien se despierte para asirse a ti. ¿Por qué nos dejaste errar, Yahveh, fuera de tus caminos, endurecerse nuestros corazones lejos de tu temor?». Y, sin dar lugar a la queja estéril, suplica una visita, que Dios vuelva para estar con su pueblo, como cuando realizaba cosas maravillosas que no esperaban: «Vuélvete, por amor de tus siervos. ¡Ah si rasgases los cielos y descendieses! Te haces el encontradizo de quienes recuerdan tus caminos». Son palabras llenas de belleza, contenidas en un grito suplicante, desbordado de confianza porque no tarda la respuesta: «descendiste y ante tu faz, los montes se derretirán. Nunca se oyó decir, ni se escuchó, ni ojo vio a un Dios, sino a ti, que tal hiciese para el que espera en Él».

También nosotros, que atravesamos momentos tan complicados, que nos han ocultado la esperanza personal, social y familiarmente, iniciemos el Adviento con el deseo de ser visitados por Dios, uniéndonos al grito de los pobres: “ven, Señor Jesús, ven”, sabiendo que tenemos necesidad de esa visita, con la certeza que la súplica ha sido escuchada, como lo indica el mismo nombre de este tiempo: “adviento”, Él descenderá, «llegará y no tardará» (Hab. 2).

Preparémonos para acogerlo, «no sea que llegue de improviso y nos encuentre dormidos» (Mc. 13,36). El Señor viene a nosotros, a nuestra vida y debemos estar atentos, muy atentos. Vigilemos, porque «no sabemos el momento» (Mc. 13, 33). Este texto nos despierta de una vida de atontados. No debemos de olvidar que estamos en una sociedad de diversiones, de distracciones, de atontamientos, vivimos en una sociedad que “narcotiza”, buscamos constantemente caminos de fuga de la realidad. El adviento es el anuncio maravilloso de la visita de Dios que implica estar con los pies en la realidad, vivir atentos a la vida, vivir sintonizados con aquello que está en nuestras manos, estar preparados a la visita del patrón que retorna. El retornará y cuando retorne será bello estar con Él. A quien esperamos es alguien maravilloso. El adviento es un tiempo luminoso, no es un tiempo triste. Es, ciertamente, un tiempo de penitencia, porque todo lo que sea  incompatible con la visita del Señor debemos, cuanto más nos sea posible, rechazarlo. Como cuando llega de visita una persona importante que valoramos mucho: arreglamos las cosas de casa, la engalanamos y preparamos algo bueno. Preparémonos a la visita del Rey de reyes que viene a nuestra casa» (Fabio Rosini, commento al Vangelo, prima domenica di Avvento).

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