Articulos Filosofía y Teología

Filosofar no es huir del mundo sino amarlo con pasión

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Por: Víctor Hugo Palacios Cruz

¿Cuánto se ve al mirar las estrellas por una ventana? ¿Cuánto abarcamos desde la cima de una montaña? ¿Descifraríamos la vida avistando la Tierra por la escotilla de una nave espacial? ¿Cuánto en verdad poseeríamos si fuéramos ricos y la mitad del planeta nos perteneciera?

Soy profesor de filosofía y vivo justificando mi oficio. Cuando respondo que ella “no sirve para nada” y es ello lo que precisamente la vuelve valiosa, veo esbozarse la piadosa sonrisa del prejuicio: los filósofos son holgazanes, polillas de biblioteca, ermitaños escondidos en cuevas de papel. Seres distraídos que, como Tales de Mileto, terminan por caer en un hoyo por andar mirando el cielo.

Por cierto, quien se mofó de Tales fue su esclava tracia. Aristóteles decía que el saber práctico es esclavo por hallarse al servicio de otra actividad. El sentido de la ingeniería es el puente y el de un martillo la mesa. Pero, ¿para qué sirve la Gioconda de Da Vinci o una suite de Chopin? ¿Para adornar, para relajar? Cometeríamos, entonces, la infamia de reducir el arte a un globo de fiesta o un sedante de farmacia.

El saber teórico, en cambio, es libre, pues su único fin es la comprensión, y no la solución de problemas o la producción de artefactos. Si viviéramos solo creando bienes para subsistir, seríamos animales únicamente más hábiles que otros. Un colega, sorprendido, preguntó a su estudiante: “¿dónde está tu memoria?”; y el chico contestó mostrando un USB. Mientras hoy se prefiere usar y desechar antes que contemplar y atesorar, antaño Pico della Mirandola y Heidegger decían que el humano era «vocero de todas las criaturas» y «pastor del ser». Es decir, el único sitio donde lo real encuentra palabra, pensamiento y culto. Sin él, el universo callaría en todos sus estruendos.

Hoy, las universidades del país aspiran a tener más docentes por horas que a tiempo completo. Claro, cuesta menos tener huéspedes de paso por las aulas que alojar una comunidad de personas que piensan juntas. Sin embargo, la verdad –decía Platón– solo se alcanza al término de una larga vida en común. El aroma, explica Byung-Chul Han, es un don del tiempo y exige una espera. “La economía basada en el consumo sucumbiría si de pronto la gente empezara a embellecer las cosas, a protegerlas frente a la caducidad, a ayudarlas a lograr una duración”.

Contra lo que se cree, no es información lo que necesitamos. Borges intuyó la desdicha de percibir implacablemente todo, como dentro de un Big Data. En “Funes el memorioso” parece retratar a un joven frente a una pantalla: “era el solitario y lúcido espectador de un mundo multiforme, instantáneo y casi intolerablemente preciso. Babilonia, Londres y Nueva York han abrumado con feroz esplendor la imaginación de los hombres; nadie, en sus torres populosas o en sus avenidas urgentes, ha sentido el calor y la presión de una realidad tan infatigable como la que día y noche convergía sobre el infeliz Ireneo”. Sospecho que no era “capaz de pensar. Pensar es olvidar diferencias, es generalizar, abstraer. En el abarrotado mundo de Funes no había sino detalles, casi inmediatos”. Solo la teoría, dice Byung-Chul Han, podría clarificar la caudalosa fluctuación de los datos.

La astronomía, la geografía, la química o la física escogen una parte del mundo y suprimen el resto. Son ciencias “particulares”. Pero el mundo no es una parte ni una suma de partes. Una enciclopedia no es sabiduría sino un desfile de especialidades. Al humano lo estudian la anatomía, la sociología, la historia. Pero no consistimos en algo anatómico, sociológico o histórico. El dolor es un hecho físico, psicológico y médico; pero ¿quién nos dirá qué es el dolor, qué es el mundo y quiénes somos? Para saber dónde estamos subimos a lo alto y miramos en torno. Trepar la colina de los conocimientos para echar un vistazo que nos entregue al fin la forma de las cosas y permita distinguir el paisaje sobre el caos.

Nada es menos abstracto que la filosofía, cuenta Henri Bergson. Las demás ciencias dividen la realidad, solo el filósofo pretende comprenderla tal como es, entera y esencial. La exactitud de las matemáticas es el lujo que se permite quien trabaja con números y geometrías, es decir con encantadoras irrealidades. ¿O acaso una persona es un metro setenta de estatura, y la Venus de Milo doscientos kilos de piedra? Más devotamente Pitágoras, aun creyendo que todo consistía en números, llamó al universo kosmos (de cuya raíz léxica proviene «cosmética») que significa “bello”.

A propósito de etimologías, filosofía es “amor a la sabiduría”. Sabiduría es un puñado de verdades. Verdad, la consonancia entre lo que uno piensa y lo que es. Vivir en el engaño o la ilusión es vivir de espaldas a los hechos. Amar saber es, por el contrario, procurar nuestra concordia con el mundo, anhelar la pertenencia al espacio, celebrar nuestra existencia.

Julio Ramón Ribeyro observa que el hogar en que uno crece se vende, destruye o abandona, pero una parte de nosotros cobijará “el color de sus muros y el aire de sus ventanas”. El vulnerable pequeño que somos precisa una casa para, luego, ser él mismo la casa. Filosofar es inclinarse hacia el mundo y abrazarlo en la cuna de un silencio. Hay más mundo en la austera soledad del poeta que en la tumultuosa riqueza de un magnate de sombrío corazón, como en la película Ciudadano Kane (1941) de Orson Welles.

Paul Celan enseñó que en alemán denken (pensar) y danken (agradecer) tienen un origen común (quizá como think y thank en inglés). No es extraño. Agradecer es ser consciente de lo recibido, estimarlo y conservarlo. Podemos recibir algo y no reconocerlo ni apreciarlo, y aun rechazarlo. Filosofar es “agradecer”, puesto que es tener una conciencia del mundo que la vida nos regala, apreciarlo gracias a la reflexión y guardarlo por medio de la memoria y la palabra.

El mundo está a salvo más que en la ciencia que lo disecciona, la propiedad que lo desgasta o el consumo que lo disuelve, en el intangible aire que vibra entre dos que conversan.

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