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HOMILÍA EN LA MISA POR EL DÍA DE LA MADRE

FACULTAD DE HUMANIDADES
HOMILÍA EN LA MISA POR EL DÍA DE LA MADRE
(08/05/2019)

Estamos ofreciendo esta Eucaristía por las madres aquí presentes, por las madres ausentes y por las madres difuntas relacionadas con nosotros directa o indirectamente. Adelantamos festivamente el Día de la Madre, con un gozo que nos embarga y se transforma en plegaria, en gratitud orante.

Víctor Hugo, quizá el máximo literato francés del siglo XIX, en “Los Miserables” inmortaliza a Fantina, madre de Cosette, por la cual se dedicará al oficio más antiguo de la humanidad, la prostitución. Encargando a su hija con la familia Thénardier, mientras trabaja fuera, constatará que la dueña de casa es madre, según su impresión, simplemente “porque es mamífera”. Una mujer, por tanto, despiadada, insensible, amén de usurera. Una madre sin vocación, sin ilusión, sin entrega. Un ser humano que ha llegado a la maternidad por cuestión de pura naturaleza, de mera reproducción biológica, animalesca. Una madre verdadera se encuentra en las antípodas. Su entrega desinteresada e incondicional se expande como río desmadrado. Sabe a totalidad indivisible y a permanencia incansable. Con todo, nos oponemos a Nietzsche cuando, en “La gaya ciencia”, manifiesta que únicamente la mujer puede entregarse y ser fiel. Aunque las apariencias canten a voz en cuello que la fisiología y la psicología varoniles se decantan por la receptividad y la infidelidad, más que por la donación y la lealtad, hemos que afirmar con rotundidad que, tanto varón como fémina, son capaces de amor auténtico, fidedigno y acrisolado, presupuesto inconmovible del matrimonio y de la subsecuente institución familiar. Y en ambos es posible la debilidad o la torpeza que engendran tantas veces, inmersas en honda tristeza o miserable descaro, la traición y la ruina de parejas y familias.

Quién sabe si el Día de la Madre pueda implicar una cruzada de rescate de la naturaleza humana. Atacada sin piedad por los flancos, la vanguardia y la retaguardia, necesitamos recuperar la dignidad de la naturaleza humana, desempolvando el respeto cabal a su sacralidad venerable. Nuestra sociedad posmoderna enarbola desvergonzadamente el estandarte de la “contra natura”, por activa, pasiva y perifrástica. Requerimos que la naturaleza presuponga de veras la vida como un don inmerecido e intangible que viene de lo Alto y que, de resultas, se abra libremente y sin temor a la trascendencia. La madre es custodia valerosa de la naturaleza humana, santuario de la vida, sinónimo de la alegría de vivir y de la lucha sin denuedo por la existencia. Su acto – vocación y misión al unísono – más profundo es de procreación y no de reproducción sin más. Colabora, juntamente con el padre/consorte, en el acto creador de Dios. Recordemos, en sentido cristiano, que se traen hijos no solo para este mundo, sino, sobre todo, para la eternidad. Por tal motivo, la madre es una síntesis lograda entre temporalidad y perennidad. Rompe las fronteras del tiempo para arrebatar desde ya un atisbo de nuestra vocación común de filiación sempiterna.

Pidamos por las mujeres que desean ser madres y no pueden. Que invoquen sin cejar la gracia de la maternidad, que solamente si Dios lo permite les será concedida. La maternidad es un don y no un derecho. El hijo es un don y no un producto, peor aún “fabricado” a medida y gusto del cliente. La vida humana no se compra ni se vende. Si la era de la esclavitud humana fue ya abolida oportunamente, ¿acaso queremos reactivarla?

Pidamos por las mujeres que pueden ser madres y no quieren. Si no quieren por razones sobrenaturales o de envergadura, es loable. Pero, es reprochable si se trata de egoísmo hedonista, conversión exacerbada de la sexualidad – por pavor al compromiso – en diversión, en pasatiempo, en degradación moral.

Pidamos por  las mujeres que pudieron ser madres y no quisieron, pues abortaron. Aunque el pecado de aborto es condenable e indignante, un crimen de lesa humanidad, es factible y amable la misericordia de Dios con el debido arrepentimiento y el propósito de enmienda. Es preciso, además, reparar dicho delito, entre otras razones, para superar la culpa psicológica y moral, que se enquista en el alma al modo de un boomerang.

Pidamos por las madres que perdieron algún hijo, física, moral o espiritualmente. No olvidemos que la muerte biológica o clínica es de poca monta comparada con la muerte del alma o del espíritu. Los “verdaderos” muertos son “los que tienen muerta el alma y viven todavía”.

Pidamos por las madres que sufren vívidamente la ingratitud, el desprecio o el rechazo de sus hijos, tal vez confinadas en algún asilo; consideradas, por instigación diabólica, seres inútiles, sujetos inservibles y cargas insoportables.

Pidamos por las madres inmersas en el llamado “síndrome del nido vacío”. Ojalá encuentren en el marido compañía placentera, reconfortante y plena. Anhelamos que la felicidad de sus hijos, a pesar de la lejanía, signifique la compensación afectiva y la recompensa efectiva de su ausencia.

Pidamos por las madres que educan, queriendo o sin querer, defectuosamente; ora porque renuncian a la autoridad, cayendo en el permisivismo; ora porque abusan del principio de autoridad, aferrándose al autoritarismo, el cual se disfraza, en ocasiones reiteradas, de sobreprotección y de paternalismo/“maternalismo”.

Pidamos por todas las madres que aspiran a la perfección humana y cristiana. Aun con sus defectos, parecen no tenerlos. Sus limitaciones son perlas preciosas, cuando son reconocidas por ellas mismas en su interioridad y sobrepujadas en la cotidianidad visible. Que nuestra Madre del Cielo, modelo acabado de mujer y de madre, sea la inspiración y la meta de la feminidad y maternidad humanas, demasiado humanas, pero con olor a Cielo. ¡Feliz Día de la Madre!

José Marco Burga Ludeña

Capellán

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